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Este precioso cuento infantil de Horacio Quiroga, ‘La gama ciega’, nos habla de prudencia, de las consecuencias de desobedecer los consejos de los padres, y de valores como la generosidad y la gratitud. Un cuento tierno, que también habla de amistad entre los hombres y los animales y de respeto. Te ofrecemos una adaptación del cuento original y una serie de reflexiones sobre los mensajes que transmite.

El precioso cuento infantil La gama ciega

Cuento para niños con valores: La gama ciega
‘La gama ciega’, un precioso cuento para niños

Tuvo un día la gama hijos mellizos. Estaba muy feliz, porque pocas veces tiene una gama dos hijos a la vez. Sin embargo, el gato montés se comió a uno de ellos, y solo le quedó la gamita.

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La mamá gama se volcó en ella, y se afanó en enseñarla los mandamientos de los gamos pequeños:

1. Hay que oler bien las hojas verdes antes de comerlas, para asegurarnos de que no están envenenadas.

2. Hay que quedarse quieto y mirar bien antes de beber en el río, por si hubiera cocodrilos.

3. Cada media hora hay que parar y escuchar y sentir el viento, para asegurarse de que no esté el tigre.

4. Cuando se come pasto del suelo, hay que mirar bien entre las hojas para asegurarse de que no haya víboras.

Este era el ‘Padrenuestro’ de los gamos pequeños que la gamita tuvo que aprender. Y aún así, su madre añadía consejos y advertencias. Y hasta que no aprendió todo esto de memoria, mamá gama no dejó ir sola a la gamita.

Pero llegó el día en que al fin la dejó ir libre por el bosque, y la gamita, que estaba llena de vitalidad y sobre todo, curiosidad, comenzó a investigarlo todo. Un día, vio junto al hueco de un árbol podrido una bolita oscura que colgaba de las ramas. Le entró mucha curiosidad porque oía un sonido dentro, y la golpeó con la cabeza. Entonces la bolita se rajó y salieron como pequeñas mosquitas rubias, que revoloteaban sobre su cabeza, pero no la hacían nada.

Y la gamita vio que de la bolita rajada goteaba un líquido y decidió probarlo. ¡Qué rico estaba! ¡Era lo más dulce y sabroso que había probado nunca!

La advertencia de la mamá gama

Regresó contenta a su casa, dando saltos de alegría.

– ¿De dónde vienes tan contenta, hija?- le preguntó su madre.

– ¡No vas a creer lo que he descubierto, mamá!- le contó la gamita- ¡El manjar más delicioso que he probado nunca! Estaba dentro de una bolita negra, en donde viven mosquitas rubias…

¡Una colmena! ¡Pero hija, no puedes golpear una colmena!

– ¿Y por qué no? – Porque ahí viven las abejas, y pueden picarte.

– Pero estas no me picaron…

– Porque has tenido suerte, pero sí lo harán, y son muy peligrosas… No te acerques más a las colmenas, ¿entendiste?

– Sí, mamá… – dijo la gamita sin entender muy bien. Al fin y al cabo, ella había probado la miel y no había pasado nada.

Era tan traviesa la gamita y deseaba tanto probar de nuevo la miel, que se fue en busca de otras colmenas. Y un día encontró una, aunque distinta a la que conoció la primera vez.

– ¡Qué grande esta colmena! ¡Seguro que la miel está más rica!

Y sin pensarlo dos veces, la golpeó. Pero entonces salieron rabiosas abejas negras de cintura amarilla, y éstas tenían un buen aguijón. Persiguieron y picaron a la gamita por todas partes, pero sobre todo en los ojos, que empezaron a hincharse. Ella corría y lloraba, hasta que tuvo que detenerse, porque no veía nada. ¡Se había quedado ciega! Y empezó a llorar y a llamar a su madre.

Menos mal que su mamá había salido en su busca, porque tardaba en llegar, y la encontró en un camino del bosque. ¡Pobre gamita! ¡Estaba llena de habones y tenía los ojos hinchados y cerrados!

En busca de ayuda

Mamá gama llevó a su hija hasta su casa, y pensó cómo podía ayudarla. Recordó que los animales le dijeron un día que en el pueblo del otro lado del río vivía un cazador que era buen hombre, y tenía muchos remedios curativos. Sin embargo, le daba miedo. ¿Cómo iba a ir a la casa de un cazador de gamos a pedir ayuda? Pero tal vez… si llevaba un salvoconducto, le atendería… Y recordó que el cazador tenía un amigo: el oso hormiguero.

Así que allá se fue mamá gama, en busca del oso hormiguero. Fue un camino largo, y peligroso. Mamá gama tenía miedo de encontrarse al tigre, o cualquier otro animal que pudiera cazarla. Pero al fin llegó a casa del oso hormiguero. Allí estaba colgado de un árbol por la cola. Era amarillo y tenía una enorme mancha de pelo negro como una camiseta sin mangas.

– Vaya, gama, ¿cómo tú por aquí? Habrás hecho un largo camino.

– Sí… vengo a pedirte ayuda. Sé que el cazador es tu amigo y me gustaría llevar a mi hija a su casa para que la curara, porque se ha quedado ciega. ¿Podrías darme algún salvoconducto?

– Claro, por supuesto. ¿Qué le pasa a la gamita? ¡Pobre! No te preocupes, que él os ayudará. Solo enséñale esto…

Y el oso hormiguero le entregó a la gama la cabeza seca de una víbora. La gama le dio las gracias y fue a buscar a su hija.

Partieron esa misma noche hacia la casa del hombre. Llovía, y caminaban muy despacio para estar seguras de que ningún animal peligroso las seguía.

Al fin llegaron a la casa del cazador. ‘Tan, tan’, sonó en la puerta. El cazador se extrañó de que en mitad de la tormenta llamara alguien. Abrió la puerta, y la gama, sin decir nada, le enseñó la cabeza de víbora que le dio el oso hormiguero.

La receta del cazador

– Vaya, va veo… ¿y en qué puedo ayudaros?

Entonces mamá gama le contó lo que había pasado con las abejas.

– Pues veamos qué le pasa a la señorita- dijo el hombre mientras invitaba a entrar a su casa a las gamas.

Estuvo observando por un tiempo los ojos de la gamita, y usó para ello un cristal redondo de aumento. Al cabo de un rato, dijo:

– Bien, parece que no es grave. Se pasará con mucha paciencia. Tienes que darle a tu hija esta pomada, y debe estar durante 20 días en un lugar oscuro, para que no le de la luz. A los 20 días, ya puede salir pero con estas lentes amarillas…

Y el cazador les dio todo lo que necesitaban. ¡No podía estar más feliz mamá gama!

– Pero una cosa más- dijo el cazador- No sé cómo os habéis atrevido a venir hasta aquí, con lo peligroso que es el camino. A dos casas de la mía viven unos perros entrenados para perseguir gamos, así que mirad bien antes de seguir, y venid solo en días de lluvia como este, porque los perros están dentro de la casa y será más difícil que os localice.

Regresaron con mucho cuidado las dos gamas. Y aún así, los perros las olieron y las siguieron un buen trecho. Pero iban con mucha distancia y llegaron sanas y salvas a su casa.

Mamá gama hizo todo lo que el hombre le había dicho. Lo más difícil fue mantener quieta a la gamita en un escondite oscuro. Escogió mamá gama el hueco de un árbol, que tapó con ramas. Hasta que pasaron los 20 días y mamá gama retiró todas las hojas, puso las lentes amarillas a su hija y la dejó salir.

– ¡Veo todo, mamá!- dijo tan contenta la gamita.

El regalo de la gamita

Estaba tan agradecida, que pensó en qué podía ofrecerle al cazador. Y se acordó de las plumas de garza, que a ella le parecían muy hermosas. Se pasaba los días recogiéndolas del río, para hacer un plumerito para el cazador, y cuando lo tuvo listo, esperó a que lloviera para ir a entregárselo a su casa.

‘Tan, tan’- sonó en la puerta. El cazador reconoció ese sonido y al abrir vio a la gamita con el plumerito de plumas de garza todo mojado, y le entró la risa, pero de agradecimiento y sorpresa.

La pobre gamita se pensó que no le había gustado el plumerito y se fue algo triste. Decidió hacer uno más grande, y buscó plumas de garza gigantes. Plumas, que por cierto, estaban muy valoradas entre los hombres. Y regresó otro día de lluvia a casa del cazador, quien ya no se rió al ver a la gamita con su regalo, porque sabía que ella no entendía la risa de gratitud.

La invitó a entrar y le ofreció un tarro de miel a cambio de su plumero de plumas de garza. ¡Cómo disfrutó la gamita de esa riquísima miel!

Desde entonces, la gamita y el cazador se hicieron muy amigos. Ella iba a verle y le cambiaba plumas de garza por miel, y los dos pasaban un buen rato junto a la chimenea, charlando y riéndose juntos.

© Adaptación escrita por Estefanía Esteban.

Qué valores puedes trabajar con el cuento infantil ‘La gama ciega’

Puedes usar este precioso cuento infantil para hablar de todos estos temas con los niños:

La prudencia.

– Por qué hay que obedecer ciertas normas de los padres.

– El valor de la generosidad.

– La gratitud.

– El valor de la caridad.

Reflexiones sobre este cuento para niños

Las normas que imponen los padres suelen tener siempre una finalidad muy concreta: proteger a los hijos. Y es algo que los niños deben entender desde pequeño:

Las normas están para ayudar, no para fastidiar: No es que los padres quieran ser unos tiranos e imponer su poder sobre los hijos. En realidad utilizan su experiencia para protegerlos y guiarlos en el camino más seguro. Si mamá gama prohibió acercarse a la gamita a la colmena no era por impedir que se divirtiera o probara la miel, sino porque sabía que las abejas podían picarla, tal y como sucedió. Escuchemos siempre y tengamos en cuenta esas normas y prohibiciones que nacen de la experiencia y el cariño. Desde pequeña. la gama debía aprender una serie de normas. Y éstas eran esenciales para protegerla de los peligros.

Las consecuencias de nuestros actos: La gama pequeña aprendió que todos nuestros impulsos tienen consecuencias y que a veces no son tan agradables como pensábamos. Su ardiente deseo de comer miel le llevó a arriesgarse y desafiar la prohibición de su madre, y esto tuvo luego consecuencias terribles. Afortunadamente gracias a la ayuda del cazador, todo quedó en un susto, pero podía haber sido peor.

Otras interesantes reflexiones sobre el cuento ‘La gama ciega’

La generosidad del cazador: Llama mucho la atención que aquel que se ofrece a curar a la gamita bien podría ser su enemigo. Un cazador curando a una posible presa… Una hermosa metáfora de cómo la caridad puede encontrarse en cualquier lugar, hasta en el más insospechado. La humanidad del cazador se demuestra en el momento en el que se olvida de su trabajo habitual porque una gama pequeña necesita su ayuda para recuperar la vista. Su gran generosidad hace el resto.

La gratitud de la gamita: La gama entiende el mensaje y aprende la lección, se vuelve mucho más prudente y obedece la norma del cazador de acudir a su casa solo en días de lluvia. Además, siente un hondo agradecimiento por haberle ayudado a recuperar la vista, y paga este agradecimiento con un hermoso regalo. Al principio se piensa que no le gustó al cazador, pero es que a veces malinterpretamos nuestra forma de comunicación damos un sentido que no es a lo que vemos. Menos mal que el cazador se dio cuenta y adaptó sus gestos y palabras para que la gamita pudiera entender que le gustaba, y mucho, su regalo.

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