Un precioso cuento infantil repleto de valores

¿Quieres conocer la historia de ‘Pronto, el perro fiel’? Es un cuento para niños del escritor estadounidense Arna Bontemps, y nos habla de fidelidad, amistad y humildad. Un precioso cuento con valores para leer con los niños.

La preciosa historia de ‘Pronto, el perro fiel’

Un cuento infantil con valores: Pronto, el perro fiel
‘Pronto, el perro fiel’, un precioso cuento infantil con valores

Pronto caminaba al lado del ferroviario, dando pequeño saltitos. Sus largas orejas subían y bajaban con graciosos movimientos. De pronto, el ferroviario se detuvo frente a una pequeña caseta construida junto a las vías del tren.

– Aquí es, Pronto. Aquí es donde encontraremos trabajo.

El hombre abrió la puerta. Un hombre ya mayor firmaba documentos en una mesa con un cartel que decía: ‘Jefe de estación’.

– ¿Qué desea?- preguntó llevándose las gafas a la punta de la nariz.

– Busco trabajo. Soy fogonero.

– Vaya, con que fogonero, dice. ¿Y qué le trae por aquí?

– Me gusta cambiar de trenes. He sido fogonero de al menos cincuenta ya… los mejores.

El hombre comenzó a dar datos de su experiencia mientras Pronto permanecía a su lado muy quieto.

– Pues encaja con la persona que busco, sí señor. Podrá empezar como fogonero del tren de carga hoy mismo. Pero, ¿qué hará con el perro?

– ¿Con ‘Pronto’? Él va conmigo a todas partes.

– ¿Por qué se llama así?

– Porque es tan rápido que siempre llega antes a todas partes. Es más rápido corriendo que comiendo…

Pronto, el perro fiel, y la apuesta

– Ya… pues no podrá acompañarle. El artículo número 1 de nuestro reglamento prohíbe viajar a nadie en la cabina del maquinista. Salvo el fogonero, claro. Y eso incluye personas y perros…

– Ah, por eso no se preocupe usted. Pronto no viajará conmigo. Él correrá al lado de la máquina. Le encanta dar un paseo corriendo a mi lado. A veces se entretiene con algún conejo o una mariposa, juega un rato y después regresa para no dejar demasiado atrás al tren…

– ¿Me estás diciendo que tu perro puede correr más deprisa que mi tren?

– Sí señor, mucho más. Pero él lo hace por estar conmigo. Nunca me dejaría atrás.

– No me lo creo.

– Puede apostar lo que quiera. Me apuesto mi primera paga a cambio de un dólar a que mi Pronto llega antes a la estación que el tren de mercancías.

– De acuerdo, acepto la apuesta- respondió el jefe de estación orgulloso. No podía pensar que un perro pudiera dejar mala imagen de su poderoso tren de mercancías.

Así que el fogonero subió a la cabina y comenzó a echar carbón y más carbón para que la máquina tomara velocidad.

Pronto empezó a correr a su lado, con sus largas orejas moviéndose con el viento. De vez en cuando adelantaba al tren, se quedaba un rato jugando por el campo y después regresaba.

El maquinista no daba crédito a lo que veía. Efectivamente, Pronto llegó antes que la máquina a la siguiente estación. Y el jefe de estación se enfadó muchísimo.

La segunda apuesta para Pronto

– Es increíble, pero eso puede ser porque es un tren de mercancías. No podría hacer lo mismo con un tren de pasajeros

– Claro que sí. Eso no es problema. Lo dejaría atrás igualmente- respondió el fogonero.

– Está bien. Esta vez me apuesto dos dólares a que tu perro no es capaz de correr más rápido que mi máquina.

La noticia de que un perro delgado, de patas y orejas largas, era capaz de correr más que el tren, se extendió con rapidez. Comenzaron a llegar muchos curiosos deseosos de verle en acción. Así que para esa segunda apuesta, ya había espectadores que murmuraban, protestando por la lentitud de sus trenes.

El fogonero puso en marcha el tren de pasajeros y Pronto empezó a correr con ligereza a su lado. De vez en cuando miraba al fogonero y desaparecía tras una mariposa o bien se paraba a olisquear alguna flor.

Hubo un momento en que parecía que el tren iba más rápido que Pronto, pero tuvo que parar en una estación de intercambio de pasajeros, y Pronto pasó de largo. Esta vez, también consiguió vencer al tren.

Pronto, el perro fiel, y las siguientes apuestas

El jefe de estación miraba preocupado. La gente empezaba a hablar de la ‘lentitud’ de los trenes y eso no le gustaba.

– Yo creo que si dejara a Pronto viajar conmigo en la cabina, no tendría que escuchar esos comentarios– dijo el fogonero.

Pero el jefe de estación era muy ‘cabezota’.

– De eso nada. El artículo uno debe respetarse. Tu perro ganó porque el tren hizo una parada. Hagamos lo mismo con un tren directo.

Y una vez más, cientos de personas acudieron a contemplar la carrera. El tren, efectivamente, iba muy rápido, pero Pronto no tuvo demasiados problemas para llegar antes a la meta. El público aplaudía al perro y el jefe de estación empezaba a estar cansado y muy preocupado.

– Señor, si dejara a Pronto viajar en la cabina…

– No y no. Esta vez te lo pondré más difícil. Tendrá que superar a ‘Bala de cañón’, mi tren más rápido. Es imposible que tu perro corra más. De hecho, estoy tan seguro de que no podrá hacerlo que me apuesto lo siguiente: iré para supervisar la carrera en la cabina. Si gana tu perro, él regresará en mi lugar y yo volveré andando.

Ese día, el día de la gran carrera, la ciudad entera se paralizó. Las fábricas detuvieron las máquinas y los niños no fueron al colegio. No querían perderse esa gran apuesta, así que miles de personas esperaban ansiosas en la estación de llegada.

La gran apuesta con Bala de Cañón

El tren ‘Bala de Cañón’ efectivamente era muy, muy rápido. Hacía tanto humo que ni el fogonero ni el jefe de estación conseguían ve a Pronto . Los raíles de las vías chirriaban constantemente y de vez en cuando saltaban algunas chispas. El jefe de estación volvió a mirar por la ventanilla.

– No veo a tu amigo. Siento decirte que esta vez tu Pronto no podrá ganar la carrera– dijo entre risas el jefe de estación.

El fogonero se preocupó. Nunca le había fallado, pero temía que le hubiera pasado algo. Desde luego, pensó que Pronto esta vez no podría ganar.

El tren llegó a la estación de meta en menos de veinte minutos. Había mucha gente arremolinada en uno de los laterales.

– ¡Cuánta gente vino a vernos!- dijo el jefe de estación- ¡Haz sonar el silbato, que parece que no nos ven!- le dijo al maquinista.

El silbato del tren sonó con fuerza y la gente comenzó a reír.

– Pero, ¿por qué se ríen?- preguntó el jefe de estación.

Entonces, entre la multitud, apareció dando pequeños saltitos Pronto.

– ¡Estás aquí!- dijo muy contento el fogonero.

Efectivamente, Pronto había vuelto a ganar la carrera. El jefe de estación le miró muy sorprendido. Se apartó y dejó pasar al fogonero con su perro directos a la cabina.

– ¿No vuelve con nosotros?- preguntó el maquinista al jefe de estación.

– No, yo regreso andando- dijo apesadumbrado.

El tren ‘Bala de Cañón’ se alejó de la estación. La gente aplaudía , mientras que un hombre ya mayor comenzó a caminar con pasos lentos por la vía.

Qué valores puedes trabajar con el cuento ‘Pronto, el perro fiel’

Utiliza este precioso cuento sobre la amistad entre un perro y un hombre para hablar de:

– El valor de la amistad.

– La humildad frente a la vanidad.

– El compromiso.

– La fidelidad.

Reflexiones sobre este precioso cuento infantil

No hay nada que pueda romper una amistad. Nada que destruya un vínculo tan hermoso. Ni los grandes retos. Estas sol algunas de las reflexiones que podemos sacar de ‘Pronto, el perro fiel’:

La amistad que alimenta la autoestima: el perro Pronto sentía una profunda lealtad hacia su amigo. Era incapaz de separarse de él y el vínculo era tan fuerte que era capaz de superar cualquier obstáculo y dificultad con tal de estar a su lado. Una preciosa historia que nos recuerda el compromiso que adquirimos por amor con otra persona (o animal).

La terquedad, prima hermana de la prepotencia: la figura del jefe de estación nos recuerda que la terquedad y la prepotencia no son buenos aliados. Si en lugar de insistir en su idea,el jefe de estación hubiera reconsiderado ese artículo uno que impedía a Pronto viajar en la cabina, sus trenes no hubieran quedado como ‘caracoles’.

Y es que la terquedad, al igual que la vanidad, nos hace perder la razón y llega a cegarnos. Al final, terminamos perdiendo. Es mejor encontrar el punto justo en el que debemos ceder y dejar de insistir en algo. Asumir una ‘derrota’ no nos hace perdedores, sino simplemente humildes.

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