Petitón. Cuento tradicional francés para niños sobre la astucia

Este cuento francés anónimo, ‘Petitón’, es un relato de picaresca y astucia. Trata el tema de los abusones frente a los más inocentes y cómo dar la vuelta a esta situación. La frase más acertada para resumir el mensaje de este cuento tradicional francés podría ser: ‘donde las dan, las toman’.

TIEMPO DE LECTURA: 10 MINUTOS

El cuento de Petitón sobre la astucia ante los ‘abusones’

Petitón, un cuento para niños francés
El cuento de ‘Petitón’

Vivía una viuda con su único hijo, un joven de veinte años ya, pero muy inocente, del que todos se aprovechaban con facilidad. Él era muy bueno, pero demasiado confiado, y los más pícaros le engañaban constantemente.

Un día, su madre le pidió que llevara dos bueyes al mercado para venderlos:

– Pero Petitón, mucho cuidado con los pícaros tratantes… Vende los bueyes bien, que no te engañen.

– Sí, madre, ¿y por cuánto los vendo?- preguntó él.

– Pues por lo justo, lo razonable- respondió ella.

Y Petitón preparó a los animales con esmero. Los cepilló bien y se fue a primera hora de la mañana al mercado con ellos. Muy pronto se acercaron dos pícaros comerciantes y le preguntaron:

– Esos bueyes tienen muy buena presencia, Petitón… ¿Por cuánto los vendes?

– Por lo justo y lo razonable- respondió él sin dudar.

– Es demasiado, amigo…

– Lo justo y lo razonable. De ahí no bajo ni un real.

– De acuerdo, no insistiremos más- dijo uno de los tunantes- Te pagaremos por ellos lo que pides, lo justo y lo razonable.

Los dos comerciantes desaparecieron y volvieron a los dos minutos con dos cartuchos de papel.

– Aquí tienes, Petitón, lo justo y lo razonable.

El muchacho, confiado, guardó en su bolsa los cartuchos de papel y les dio a los bueyes. Regresó muy contento a casa, seguro de haber hecho un buen negocio.

El engaño al bueno de Petitón

– ¿Ya estás de vuelta, Petitón?- preguntó su madre al verlo- ¿Por cuánto vendiste los bueyes?

– Como me dijiste, mamá, por lo justo y lo razonable.

El joven le entregó los cartuchos de papel, y al abrirlo, vieron que estaban llenos de pulgas.

– ¡Arrggg! ¡Te han engañado!- gritó muy enfadada su madre- Ay, Petitón, no sé qué voy a hacer ya contigo. Desde luego, no serás tú quien ponga el lazo al lobo

El pobre chico se fue muy triste a la cama.

– Mi madre tiene razón… siempre me engañan. Pero esta vez fue la última. ¡Se acabó! ¿Que no seré yo quien ponga el lazo al lobo? ¡Pues eso está por ver!

Petitón se levantó sigiloso de la cama, se vistió, buscó una cuerda larga y se fue al bosque. Preparó una trampa haciendo un lazo con la cuerda y se escondió tras un árbol. A los quince minutos, ya había cazado un lobo enorme. Lo llevó hasta su casa y lo escondió en el granero.

A la mañana siguiente se lo enseñó a su madre y le dijo:

– Se acabó el Petitón al que engañan. Ahora seré yo quien haga justicia…

Mató un carnero y cortó la piel con los cuernos para ponérsela encima al lobo. La ató bien para que nadie pudiera ver al lobo que escondía. Fue al mercado y de nuevo los granujas que le engañaron se acercaron a él.

– Vaya, Petitón, otra vez por aquí. Y nos traes un buen carnero. ¿Cuánto pides por él?

– Pues lo justo y lo razonable.

– Eso es mucho- respondieron ellos.

– Este carnero es la mejor compañía que encontraréis para vuestras ovejas. Es el mejor asegurando descendencia. Hasta cien ovejas a la vez podrían dar a luz gracias a él.

– ¡No me digas! Pues entonces no se hale más, tendrás lo justo y lo razonable por él.

El engaño del carnero

Los malvados comerciantes volvieron en un par de minutos con dos cartuchos de papel, y se llevaron al lobo disfrazado de carnero.

Sin sospechar nada, lo encerraron en la granja con cien ovejas. Y a la mañana siguiente, cuando abrieron la puerta, el lobo, que se había logrado quitar la piel de carnero, salió corriendo de allí, dejando un centenar de ovejas muertas.

– ¡Maldito Petitón! ¡Nos ha engañado! ¡Se va a enterar bien de quiénes somos nosotros!

Los bandidos se armaron con palos y fueron a casa del joven. Pero él ya se había preparado. Tenía un perro muy listo y fiel, Mouret, que era capaz de hacer todo lo que él le mandaba:

– Mouret, debo pedirte una cosa- le dijo mientras ataba a su cuello una bolsa llena de sangre de otros animales- Van a venir dos hombres muy malvados. Cuando vengan, ladra mucho y haz como si tuvieras la rabia. Yo romperé con un cuchillo la bolsa con sangre y entonces te harás el muerto. Pero cuando yo diga estas palabras: «Cuchillo de mango blanco, cuchillo de mango negro, resucita corriendo a mi perro», te levantarás como si nada.

Cuando llegaron los bandidos, Petitón les dijo:

– Haya paz, amigos. Vosotros me engañasteis y yo os engañé. Estamos en paz, ¿no creéis?

Los hombres se dieron cuenta de que Petitón ya era consciente de sus trucos, y tuvieron que admitirlo. Por su parte, Mouret ya estaba ladrando y dejaba caer saliva de su boca a borbotones.

El truco del cuchillo

– ¡Ese perro tiene la rabia!- gritaron los hombres apartándose de él.

– No pasa nada, muerto el perro, se acabó la rabia… – dijo Petitón al tiempo que hacía como si clavara el cuchillo en el cuello del animal. El perro entonces se hizo el muerto.

– ¡Eres muy valiente!- dijeron asombrados los dos hombres.

– Bueno, eso no tiene ningún mérito. Pero este cuchillo, amigos, es mágico, y lo bueno es que es capaz de devolver la vida a mi perro.

– ¡No nos tomes el pelo!

– ¿No me creéis? Pues mirad bien.

Petitón se acercó a su perro y dijo:

«Cuchillo de mango blanco, cuchillo de mango negro, resucita corriendo a mi perro».

Y Mouret se levantó como si nada, meneando la cola de contento.

– ¡No puede ser! ¡Es increíble!- exclamaron los tunantes- ¿Y por cuánto venderías el cuchillo?

– Uy, es muy valioso… Por menos de mil reales no me deshago de él.

– ¡Mil reales! ¡Es mucho!

– Sí, pero la de animales moribundos que puedo comprar y devolverles la vida para luego vender por el triple de precio…

– Tienes razón, puede ser un buen negocio. De acuerdo, te lo compramos- dijo uno de los hombres.

El enfado de los bandidos

Se fueron muy contentos al mercado con su nuevo cuchillo. Se hicieron con todos los animales moribundos, y después los llevaron a la orilla del río para darles muerte. Entonces, con el cuchillo en la mano, dijeron:

«Cuchillo de mango blanco, cuchillo de mango negro, resucita a mis animales al momento».

Pero no pasaba absolutamente nada, así que insistieron:

«Cuchillo de mango blanco, cuchillo de mango negro, resucita a mis animales al momento»

Nada de nada… Una vez más:

«Cuchillo de mango blanco, cuchillo de mango negro, resucita a mis animales al momento».

Y todo seguía igual.

– ¡Nos ha vuelto a engañar! ¡Ahora sí que se va a enterar!- gritaron exaltados los bribones.

Buscaron un saco, fueron a casa de Petitón y lo metieron dentro.

– Te tiraremos al río para acabar contigo de una vez por todas- dijeron.

Pero el joven pesaba bastante y los hombres estaban cansados, así que a mitad de camino, decidieron entrar en un bar a reponer fuerzas.

Dejaron a la entrada el saco. Y dio la casualidad que en ese momento un porquero pasaba por allí, con una piara de mil cerdos.

– Socorroooo, socorroooo- gritó Petitón al notar que alguien se acercaba.

El truco del saco y los cerdos

El porquero se acercó al saco y lo desató. Petitón le dijo:

– Muchísimas gracias, buen hombre… Unos guardias reales me metieron en este saco porque el rey me obliga a casarme con la princesa, que es más bella que el sol, pero yo hice votos para cura, y para mí es una gran desgracia…

– ¿Cómo? ¿No quieres casarte con la princesa?- preguntó extrañado el porquero.

– Pues no, la verdad… y eso que es la más hermosa de todos los reinos…

– Pues si no te importa- dijo entonces el porquero- Ocuparé tu lugar. Yo sí que deseo cambiar de vida y ser al fin rico. Y más si puedo casarme con la princesa…

Petitón le cedió su lugar en el saco.

– Pero por favor, cuida bien de mis cerdos– dijo el porquero antes de que Petitón cerrara la bolsa.

Después se fue hacia el río con los cerdos. Poco después llegaron los tunantes con el saco. Lo lanzaron al río, diciendo:

– Por fin nos libraremos de ti. ¡Hasta nunca!

En cuanto se fueron, Petitón se lanzó al río. Era muy buen nadador, y consiguió salvar al porquero.

El final de los bandidos

– No sabes cuánto lo siento… Yo creí lo que esos dos me dijeron- dijo a modo de disculpa Petitón.

– No te preocupes, muchacho… ¡Me has salvado la vida! Como recompensa te daré la mitad de mis cerdos.

Y así es cómo Petitón consiguió una buena piara de cerdos. Pero a mitad de camino se volvió a encontrar con los bandidos.

– ¿Tú? ¿Cómo saliste de la bolsa?- preguntaron extrañados- ¿Y de dónde sacaste esos cerdos?

– No lo vais a creer…pero hasta debo daros las gracias y todo… Resulta que el fondo del río está lleno de cerdos. Cuando me lanzasteis los vi… Ahora voy a vender estos en el mercado y regresaré por más.

Los tunantes no podían creer lo que escuchaban, pero debía ser cierto… No había otra explicación, así que decidieron ir ellos a por cerdos. Se lanzaron al río, y como apenas sabían nadar, se los llevó la corriente.

Petitón consiguió librarse de esta forma de los bandidos, y regresó muy contento a su casa, con cincuenta cerdos y mil reales en el bolsillo.

Qué valores puedes trabajar con este cuento

Utiliza este cuento tradicional francés para reflexionar acerca de:

  • Los engaños.
  • Las burlas.
  • La resolución de problemas.
  • El ingenio o la astucia para defenderse de los ‘abusones’.
  • La justicia.
  • El sentido de la prudencia.

Reflexiones sobre el cuento de Petitón para niños

La mejor forma de librarse de los abusones es usando el ingenio y la picaresca. Es decir, el mismo arma que ellos usan. Al menos, el protagonista de este cuento, lo consiguió de esta manera, engañando a aquellos que le habían engañado a él:

  • Donde las dan, las toman: No hay mejor refrán que este para resumir la forma en la que Petitón consiguió librarse de los bandidos que tanto le engañaron. Y para ello, usó la misma técnica que usaban ellos. Y aunque tuviera que utilizar la mentira, el engaño, él era consciente de que sería la única manera de imponer algo de justicia.
  • No te dejes engañar: Para no tener que recurrir a ‘malas artes’ como el engaño y la mentira, lo mejor hubiera sido, sin duda, evitar que esos pícaros abusaran de Petitón. Pero para ello, él debería haber desconfiado de esos hombres, tendría que haber utilizado el sentido de la prudencia. Si no se hubiera dejado engañar por ello, no hubiera tenido que librarse de ellos de esa forma. Lo mejor para evitar que nadie abuse de nosotros es permanecer siempre alerta ante los posibles engaños, desconfiar de ciertas propuestas y confirmar siempre que nos han dado lo que pedimos.

«Para evitar un engaño, no olvides nunca la prudencia que nos lleva a desconfiar de ciertas propuestas»

(Reflexiones sobre el cuento de Petitón)

Una última reflexión sobre este cuento francés

  • Más confianza en uno mismo, la clave: Petitón dejó de ser un blanco fácil para los pícaros el día que comenzó a confiar en sí mismo. Esa noche en la que se dijo a sí mismo «voy a poner el lazo al lobo». Saltó de la cama y fue a cazar un lobo. Tenía la suficiente motivación y confianza para saber que podía conseguirlo. Ese es el mejor escudo ante los abusones. Una buena autoestima hace que nadie pueda aprovecharse de nosotros. Por eso, Petitón logró ‘enmendar’ todo lo que le había pasado, gracias a que estaba seguro de sí mismo y de sus planes.

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Estefania Esteban
Estefania Esteban
Periodista y escritora de literatura infantil.

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