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Este precioso cuento infantil, ‘Los dos cachorros de coatí’, basado en el del escritor Horacio Quiroga, nos habla valores como la prudencia y también de las consecuencias de no hacer caso a ciertas advertencias y sucumbir al fuerte deseo de poseer algo. Un cuento para niños ideal para reflexionar sobre las imprudencias y la desobediencia. Encontrarás una serie de reflexiones a continuación del relato.

El cuento infantil ‘Los dos cachorros de coatí’

Cuento de Horacio Quiroga para niños: Los dos cachorros de coatí
‘Los dos cachorros de coatí’, un cuento para niños con valores

Había una vez una mamá coatí que tenía tres hijos. Eran muy felices y jugaban y vivían en el bosque, cerca de una gran explanada de campo a donde nunca pasaban.

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Los tres coaticitos crecieron muy deprisa, y un día, su mamá les reunió en lo alto de un naranjo y les dijo:

– Ya sois mayores, y es hora de que empecéis a buscar vuestra propia comida. Sé que a ti, mi coaticito mayor te gusta comer escarabajos. Los encontrarás entre los palos podridos. ¡Ahí siempre hay muchos! Y tú, mi coatí mediano, que sé que te gusta más la fruta. Debes buscar naranjos como este. Hay muchos árboles frutales por aquí, así que no tendrás problema para encontrar comida. Y a mi coaticito más pequeño, al que le encanta comer huevos de ave… Busca los nidos en los árboles, pero nunca vayas a buscarlos al campo. Es muy peligroso. Allí viven perros, y con ellos, las personas. Y con las personas llega ese terrible sonido. Si alguna vez escucháis con una persona un sonido muy fuerte, tenéis que tiraros de cabeza al suelo, para que no os de su disparo. Os podría matar… Así que no busques huevos nunca en el campo, ¿entendiste?

– Sí, mamá- dijo el coaticito pequeño.

Al día siguiente, los tres coaticitos emprendieron su camino solos, en busca de comida. El más mayor enseguida encontró palos podridos y se hartó a comer escarabajos. Estaba tan lleno, que se quedó dormido. Y el coaticito mediano no se movió del naranjo. Allí tenía toda la fruta que podía desear.

Pero el coaticito pequeño tuvo que andar mucho y escalar muchos árboles para encontrar solo dos nidos: uno de tucán con tres pequeños huevos y otro de tórtola, en donde solo encontró dos.

El ave del canto de la mañana

A la mañana siguiente, tenía tanta hambre el coaticito pequeño, que se acercó al campo, atraído por el poderoso canto de un ave.

– Kikirikiiii- escuchaba el pequeño coatí.

– ¿Cómo será de grande ese pájaro que canta tan fuerte? ¿Y qué tamaño tendrán sus huevos?

El coaticito se acercó al campo. Y a pesar de la advertencia de su madre, vio la granja de donde partía el sonido y no pudo evitar acercarse. Entonces vio al gallo.

– ¡Es un gallo! ¡Me enseñó uno un día mamá! Y cerca de los gallos habrá muchas gallinas y ponen huevos muy grandes.

El coaticito se relamía de solo pensar en esos suculentos huevos de gallina, así que pensó en intentar comer alguno esa misma noche. Esperó a que se pusiera el sol y se acercó con cautela a la granja.

Nada más entrar, vio un enorme huevo de gallina en el suelo. ¡Qué contento se puso! ¡Y qué fácil parecía! Ya pensaba en los cientos de huevos que comería esa noche.

– ¿Y si dejo este huevo para el final? ¡Es muy grande!

Pero pudo más el deseo y sin pensarlo más, se lanzó a por el huevo. En ese momento, ¡zas! Algo le golpeó en la frente.

Los dos cachorros de coatí: La trampa

– ¡Mamá, mamá!- gritaba el coaticito, muerto de dolor.

Pero no podía escapar de aquella trampa, y solo escuchaba el ladrido del perro.

Justo el hombre que vivía en esa granja con sus dos hijos, de cinco y seis años, había estado jugando con ellos toda la tarde, y después colocó con cuidado la trampa en el gallinero. Quería atrapar la comadreja que estaba matando sus gallinas y robando los huevos.

– Papá, papá- gritaron los niños- ¡Tuké está ladrando! ¡Eso es que cayó la comadreja!

– Cierto, pequeños, vamos a ver si ya la cazamos…

– ¿Podemos ir? ¡Queremos verla!

– Está bien, pero tenéis que poneros las sandalias, porque no podéis ir descalzos. Ya sabéis que puede haber víboras.

Los niños hicieron caso a su padre y fueron a ver a la comadreja. ¡Qué sorpresa cuando su padre agarró por la cola al pequeño coatí!

– Oh, papá, ¿nos lo podemos quedar? ¡Es muy pequeño!- suplicaron los niños.

– Está bien, pero cuídenlo bien. Y no se olviden de darle de beber agua.

Esto lo decía el papá porque una vez tuvieron un gato montés, al que daban de comer pero nunca daban agua. El pobre murió de sed.

Metieron al pequeño coatí en una jaula y se fueron todos a dormir. El coaticito estaba muerto de miedo, y lloraba y llamaba a su mamá. Y de pronto, vio tres sombras acercarse a la jaula. Al principio sintió miedo, pero enseguida vio que era su mamá y sus dos hermanos.

– ¡Mamá, mamá! ¡Ayúdame a salir!

El coaticito lloraba y su madre y sus dos hermanos pensaban cómo sacarlo de allí.

– Los hombres tienen algo que se llama lima. Nos servirá para cortar el hierro- dijo la mamá coatí.

Y encontraron la lima, pero hacía tanto ruido al contacto con los alambres, que el perro se despertó y comenzó a ladrar, y los coatí se fueron de allí corriendo.

La amistad del coatí y los niños

A la mañana siguiente, los niños fueron a buscar a su nueva mascota. La encontraron muy triste.

– ¿Qué nombre le ponemos?- preguntó la niña.

– Diecisiete- contestó su hermano.

– ¿Y por qué diecisiete?

– Porque estoy aprendiendo a contar y ese es el número que más me gusta- contestó él.

Y así, con ese nombre, se quedó el coaticito.

Los niños le dieron de comer pan, chocolate, huevos, carne… Y el coaticito comenzó a estar algo más contento. De hecho, hasta se dejaba rascar la cabeza. Al fin se resignó a estar en cautiverio.

Cuando al tercer día intentaron rescatarlo de nuevo su madre y sus hermanos, ‘Diecisiete’ dijo:

– Mamá, yo me quiero quedar aquí. Me dan de comer manjares todos los días, y los pequeños humanos juegan conmigo y me hacen reír.

La mamá coatí y los hermanos asintieron, y decidieron visitarlo todas las noches para que les explicara qué tal vivía allí. Ellos, por su lado, le dirían cómo se desenvolvían en la vida salvaje. Le contaba a su familia tantas cosas bonitas de los niños, que ellos también se encariñaron con los pequeños. Eran muy buenos con el coaticito. En unos días le dejaron libre, y él mismo se metía en la jaula por la noche para dormir.

Los dos cachorros de coatí: el terrible día

Su familia le visitaba y el coaticito les daba migas de pan entre los barrotes, mientras se contaban cosas. Todo iba muy bien, hasta que un día el pequeño coatí fue atacado por una víbora en la jaula. No pudo escapar, y su familia le encontró muerto.

La víbora aún estaba enroscada entre los barrotes, y entre todos consiguieron matarla. Lloraban de pena los pobres coatí… ¿Y qué pasaría cuando los niños encontraran muerto a su querido amigo?

– Se les romperá el corazón de pena- dijo uno de los coaticitos.

– ¡Tengo una idea! ¡Me haré pasar por él!– dijo el coatí mediano, que se parecía mucho a su hermano.

– Sí… tal vez no no noten demasiada diferencia- dijo su hermano.

Y así hicieron: la mamá coatí y su hijo mayor se llevaron el cuerpo del coaticito y el coatí mediano entró en la jaula.

Al día siguiente, los niños notaron algunas cosas diferentes, pero no sospecharon nada, porque el coatí mediano era igual de bueno y cariñoso que el pequeño. Desde entonces, el coaticito mediano vivió con los niños, y todas las noches repartía a su madre y su hermano migas de pan mientras que se contaban historias, tal y como hacía su hermano.

Qué temas puedes trabajar con el cuento Los dos cachorros de coatí

Utiliza este cuento del escritor uruguayo para hablar con los niños de:

– Las consecuencias de las imprudencias.

– Por qué hay que obedece a los padres.

– La hermosa relación entre los niños y los animales.

– El sentimiento de gratitud.

La empatía.

Reflexiones sobre este cuento infantil

Sí, las imprudencias y las desobediencias tienen consecuencias, y aunque a veces parezca que no es para tanto, al final puede significar un auténtico cambio en nuestro rumbo:

Escucha bien los consejos de los padres: Las normas y límites que a menudo ponen los padres, tienen como objetivo proteger a los hijos. Nacen de la experiencia y son muy útiles para evitar problemas y riesgos. Sin embargo, la curiosidad y el deseo que a veces nos tienta es más fuerte que el sentimiento de prudencia. Y nos lanzamos sin más, para probar fortuna. A veces parece que ese ‘desafío’ ha salido bien. En el caso del pequeño coatí, el cautiverio que vino tras su imprudencia, parecía ofrecerle una vida tranquila y muy amable. Sin embargo, esa vida no estaba exenta de peligros, y al final, su falta de libertad fue la que terminó con él.

La empatía de los coatí con los niños: La familia del pequeño coatí estaba muy triste. Al ver al coaticito muerto por culpa de la víbora, al principio sintieron mucha rabia contra este animal. Después la rabia se tornó en tristeza. Y ésta pasó a la empatía, al pensar en el dolor que también sentirían los niños. De ahí que el coatí mediano propusiera sacrificarse por la felicidad de los pequeños. Un gesto de amor y generosidad plena que fue recompensada con una vida tranquila en donde el cariño y los alimentos no le faltaron nunca.

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Cuento infantil con animales: El duro invierno
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– Sobre empatía y cooperación, ‘El duro invierno’: Una simpática familia de conejos decide ayudar a un gato que quedó atrapado bajo una enorme placa de hielo. Pero para conseguirlo, necesitarán la ayuda del resto de animales del bosque. ¿Lo conseguirán?

Pronto, el perro fiel: Está claro por qué el perro es el mejor amigo del hombre. ¡No se separa de él! Este cuento nos habla de su fidelidad.

Poppet: Un gato y un perro son los amigos de Poppet, encargados de ayudarle a encontrar … ¡a un oso! Este cuento es ideal para los más pequeños.

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