Un cuento infantil de Horacio Quiroga con valores

Un gesto de bondad genera otro gesto de bondad. Se llama gratitud, y este cuento, ‘La tortuga gigante’, lo explica de forma muy clara. Descubre este hermoso cuento basado en el que escribió el uruguayo Horacio Quiroga (1878-1937). Un cuento lleno de valores sobre el que encontrarás también algunas reflexiones.

El precioso cuento infantil ‘La tortuga gigante’

La tortuga gigante, un cuento de Horacio Quiroga para niños

Había una vez un hombre, bueno, sano y trabajador. Vivía en la ciudad de Buenos Aires, y todo le iba bien en la vida… hasta que enfermó.

Los médicos le dijeron que solo podría curarse en el campo. Al principio, él no quería abandonar la ciudad… tenía hermanos pequeños a los que daba de comer con su sueldo. Hasta que un día, un amigo suyo, que era el director del zoológico de la ciudad, le dijo:

– Mira, tengo una idea. Tú te vas al campo, y como eres bueno con la escopeta, cazas algunos animales para mí. Cuando vuelvas, me traes la piel de esos animales y yo a cambio te entrego el dinero que saque por ello para tus hermanos. Así tú te curas y ellos no dejarán de comer.

– ¿De verdad harías eso por mí?- preguntó entre sorprendido y agradecido nuestro protagonista.

– Claro… ¡somos amigos!

Y así es cómo el hombre de Buenos Aires se fue a vivir al bosque.

Dormía bajo los árboles, cazaba animales, pescaba en el río para comer. Recogía frutas… Al cabo de unos días comenzó a sentirse mucho mejor. Los médicos tenían razón: necesitaba salir al campo. El hombre tenía más apetito, estaba más fuerte y hasta mejor color.

El encuentro con la tortuga gigante

Ató las pieles que debía llevar a su amigo y emprendió el camino de regreso. Llevaba ya dos días sin comer y tenía mucha hambre, cuando vio junto a un río a un tigre que estaba a punto de comerse una tortuga gigante. Tenía sus afiladas garras sobre ella cuando vio al hombre y lanzó un terrible gruñido. Pero el cazador, que tenía muy buenos reflejos y mejor puntería, consiguió matarlo con un certero disparo.

– Pues esta piel de tigre me la pagarán bien- dijo orgulloso de poder sacar tanto provecho de su presa.

Después de atar la piel junto con el resto, se acercó a la tortuga.

– Y ahora me comeré esta tortuga… ¡estoy hambriento!

Pero entonces se fijó en la pobre tortuga. Estaba muy malherida y aún así le miraba con ojos compasivos. El hombre sintió tanta lástima por ella, que a pesar del hambre, decidió ayudarla. Se quitó la camisa para hacer vendas. Tapó sus heridas, y la arrastró para alejarla de la orilla.

Era una tortuga tan grande como una silla y tan pesada como un hombre. Y no se movía. El hombre le cambiaba los vendajes a diario, le traía raíces y acariciaba su lomo, con unos suaves golpecitos. Al cabo de unos días, la tortuga sanó, pero entonces fue el hombre el que enfermó. Comenzó a subirle la fiebre y le dolía todo el cuerpo. No podía tenerse en pie. Y tumbado en la hierba, comenzó a hablar en voz alta:

– Aquí moriré. Ya no puedo más… Estoy solo, me quema la garganta por la fiebre y no tengo a nadie que me pueda dar agua.

Y el hombre, se desmayó.

La tortuga, que lo había oído todo, pensó:

– Este hombre me salvó la vida… ¿voy a dejar que muera, sin más?

Así que se fue hasta el río, buscó un pequeño caparazón de tortuga, lo limpió bien y lo llenó de agua. Dio de beber al hombre y buscó las raíces más ricas para darle de comer.

– Qué pena que no pueda trepar por los árboles para conseguir alguna fruta- se lamentaba la tortuga.

El gran esfuerzo de la tortuga

El hombre, bebía y comía sin saber quién le daba los alimentos. Tenía tanta fiebre que deliraba. En un momento dado, abrió los ojos. Solo vio frente a él a la tortuga y dijo:

– Estoy solo… sin más compañía que un animal. Y el único lugar donde podría curarme es Buenos Aires, y está muy lejos de aquí… Está claro que mi destino no es otro que morir aquí, solo.

Después, volvió a desmayarse. La tortuga, que lo había oído todo, pensó:

– Debo llevarlo a Buenos Aires. Aquí en el monte, morirá…

La tortuga cortó algunas ramas de enredaderas cercanas y las cruzó para construir para el hombre una camilla. También ató las pieles y la escopeta. Lo cargó todo a su lomo y comenzó a caminar, con todo el peso encima. Atravesó campos y ríos, pantanos y enormes barrizales. Anduvo durante muchos días y muchas noches, hasta la extenuación.

Paraba de vez en cuando para dar agua y comida al hombre. Cuando le subía la fiebre, gritaba delirando:

– ¡Agua! ¡Agua! ¡Me muero de sed!

Y la tortuga buscaba agua y se la ofrecía con dulzura. Ella apenas se alimentaba, no tenía tiempo que perder. Y la tortuga comenzó a perder las fuerzas. Estaba realmente agotada…

Y al cabo de unas semanas de travesía, ya no pudo más. Justo en ese momento, vio a lo lejos una luz intensa, pero sin saber muy bien qué podía ser, cerró los ojos y se tumbó en el suelo.

– Qué pena- pensó la tortuga- al final el hombre morirá, a pesar de mis esfuerzos por salvarlo… Aquí moriremos los dos.

Un final inesperado

Pero de pronto, apareció un pequeño ratón de campo:

– ¡Vaya!- dijo asombrado el ratón– ¡Qué tortuga tan grande! ¡Nunca vi nada igual! ¿Y qué es eso que lleva en el lomo? ¿Leña?

La tortuga, que había oído al ratón, respondió:

– No, qué va… es un hombre. Y el pobre morirá aquí, porque no he podido llegar a Buenos Aires.

– Tonta, tonta, tortuguita- dijo entonces el ratón- ¡Si estás frente a Buenos Aires! ¿No ves su luz ahí a lo lejos?

La tortuga abrió entonces los ojos y se fijó de nuevo en aquella luz intensa que había visto antes de caer al suelo.

– ¿Eso es Buenos Aires?- preguntó.

– Claro, claro, tortuguita tonta…

Y entonces, la tortuga gigante sintió una enorme fuerza que le ayudó a ponerse en pie y a seguir avanzando un poco más y un poco más… hasta que ese mismo día, al atardecer, llegó hasta las puertas de Buenos Aires, justo donde está el zoológico.

El director de este lugar, que estaba a punto de irse a su casa, vio de pronto aparecer a una tortuga flaca, muy flaca, con unas enredaderas sobre el lomo… y con un hombre moribundo encima. Y al fijarse más en él, se dio cuenta de que se trataba de su amigo.

Le ayudó, le dio medicinas y se ocupó de salvar también a la tortuga. El cazador, al enterarse de lo que ésta había hecho por él, no quiso separarse jamás de ella. Y pidió a su amigo que le dejara campar en libertad por su enorme jardín para poder visitarla a diario.

Y así fue. Desde entonces, el hombre visitó a la tortuga cada día, para acariciar su lomo y darle unos suaves golpecitos de cariño. Y ella acudía a su encuentro enseguida, en cuanto escuchaba los pasos de su amigo.

Qué temas puedes trabajar con el cuento ‘La tortuga gigante’

Utiliza este precioso cuento de Horacio Quiroga para hablar con los niños de:

Amistad.

– El valor de la gratitud.

– El respeto por la Naturaleza.

– El sacrificio.

– La bondad y la gratitud.

– Los valores de esfuerzo y perseverancia.

Reflexiones sobre este precioso cuento para niños

La gratitud nos lleva a ‘pagar’ de alguna forma aquello que recibimos. Por eso se dice que un gesto de bondad genera otro igual… Descubre todo lo que tiene que decirnos este cuento de Horacio Quiroga, ‘La tortuga gigante’, que aparece en su selección de cuentos ‘Cuentos de la selva’:

Tú por mí y yo por ti: la tortuga estaba enormemente agradecida con el cazador, que no solo no la había utilizado para comer, a pesar del hambre que tenía el hombre, sino que además la había curado de sus heridas. El cazador le había salvado la vida y ella estaba dispuesta a hacer lo mismo por él. Ese vínculo creado entre ellos de gratitud terminó generando una amistad muy duradera…

Amigos para siempre: al final la tortuga consiguió salvar al hombre, gracias a dos valores esenciales: esfuerzo y perseverancia. Dicen de las tortugas que van lentas pero seguras… su paciencia, su esfuerzo y su perseverancia terminan dando fruto. En esta ocasión, y a pesar de las pocas fuerzas que le quedaban a la tortuga, consiguió finalmente sacar fuerzas de flaquezas y dar lo poco que quedaba de ella para salvar la vida del cazador. Ambos lo habían dado todo por el otro. Y esto desencadenó una amistad que sería ya para siempre. ¿Puede haber algo que una más que una vida entregada?

Amistad con los animales: lo más curioso de todo es que este gesto y este vínculo no se da entre dos personas. En esta ocasión, el vínculo de amistad se forja entre un animal y un hombre. Todo un símbolo que nos sirve para recordar que todos formamos parte de la Naturaleza y estamos en un mismo planeta y que todos podemos ser amigos de los animales. Ellos, como en este caso, nos dan grandes lecciones de vida.

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