El país de las bocas cerradas, un cuento fascinante

¿Qué pasaría si todo el mundo hablara y hablara sin escucharse los unos a los otros? ‘El país de las bocas cerradas’, escrito por el mexicano Raúl Ávila, aparecía en el libro de español de tercer grado (edición de México) en los años ochenta. Se trata de un cuento corto que trata, precisamente, de la importancia de aprender a escuchar para comunicarnos. Como siempre, aquí encontrarás una adaptación. ¡Fascinante!

El maravilloso cuento corto El país de las bocas cerradas

El cuento infantil El país de las bocas cerradas
El cuento ‘El país de las bocas cerradas’

Había una vez un país donde todos hablaban mucho. Desde que aprendían a hablar, desde muy pequeños, no podían parar. Hablaban sin descanso: mientras caminaban, mientras comían… ¡hasta hablaban en sueños! Y como todos hablaban a la vez y ninguno escuchaba, no se entendían.

Las aldeas cercanas llamaban a este lugar Habladoritlán. Y apenas se acercaban, porque no había manera de entenderse con sus habitantes. ¡Hasta los pájaros huyeron, hartos de tanto parlanchín!

Desde luego que esto era un problema, así que el rey de Habladoritlán, cansado de esta situación, reunió a todos los habitantes y les dijo:

– ¡Ya esta bien de hablar y hablar sin parar! ¡Si ni yo puedo oírme a mí mismo! Me duele la cabeza y los oídos… A partir de ahora, está prohibido hablar. Quien lo haga, será castigado y tendrá que escuchar durante todo un día a los más chismosos del lugar.

¡A los más habladores! Eso sí que era un castigo ejemplar. Claro, y como nadie quería ese castigo, desde entonces, ninguno abría la boca. Bueno, sólo para comer y beber. Y Habladoritlán pasó a llamarse Callatitlán, porque todos estaban callados.

El país de las bocas cerradas y su problema

Pero resulta que esto también comenzó a convertirse en un problema. Tampoco podían comunicarse, más que con ruiditos y señas.

– Mmmmm mmmm mmmm- decía uno.

– Ummm mmmm ummm- decía el otro.

Intentaban entenderse con gestos, pero por la noche, no podían verse. También lo intentaron con dibujos, pero mientras caminaban, no podían dibujar.

Desesperados, algunos callatitlenses, fueron a ver al rey:

– Mmmm mmmm ummm mmm- le dijeron.

– Mmmmm- respondió.

– ¿Mmmmm?- preguntaron.

– Está bien- dijo al fin el rey-. Dejaremos el silencio, pero tampoco volveremos a hablar sin parar. A partir de ahora, unos hablarán y otros callarán hasta que llegue su turno.

Y así es cómo los habitantes de Habladoritlán, después Callatitlán, aprendieron a escuchar.

Reflexiones sobre le cuento El país de las bocas cerradas

Está claro que para comunicarnos, necesitamos hablar y escuchar. Si eliminamos alguna de estas dos cosas, resulta muy difícil entendernos, ¿no crees?

  • Aprender a escuchar, el principio de una buena comunicación: Si te das cuenta, los habitantes de este curioso poblado, Habladoritlán, no podían entenderse porque ninguno dejaba de hablar. El primer paso en una comunicación es escuchar. También hablar, sí, pero respetando un turno, sin interrumpir al otro. ¿Te imaginas que existiera un lugar así, en donde todos hablaran sin escucharse! ¡Qué locura! Precisamente este cuento nos muestra lo necesario que es el saber callar y escuchar para poder hablar y mantener una conversación.
  • Tampoco se puede dejar de hablar: Claro, que en este caso nos muestran el otro extremo. Cuando no se puede hablar, existe una dificultad añadida en la comunicación. Y aunque nos podemos entender por señales o gestos, e incluso mediante dibujos, es muy difícil comunicarnos igual que si habláramos. Otra cosa diferente es aprender el lenguaje de signos, pero en este caso los habitantes de Callatitlán solo podían gesticular y decir ‘mmmm’, con lo que les era realmente imposible entenderse.

Más reflexiones sobre el cuento El país de las bocas cerradas

  • La virtud está en el medio: Sí, ya lo decía Aristóteles, que la virtud está en el justo medio. Los extremos no son buenos, así que busquemos el equilibrio en la equidad. En este caso, aprendiendo a escuchar y a hablar manteniendo turnos. Para escuchar, por cierto, no basta con poner los oídos, sino que se debe ‘entender’, es decir, prestar interés en lo que nos cuentan.

«El equilibrio en todo está en el justo medio»

(Reflexiones del cuento ‘El país de las bocas cerradas’
  • La empatía, la solución a los problemas: En realidad el rey de Habladoritlán lo que pedía a sus súbditos en realidad era empatía. Ponerse en el lugar del otro para aprender a escuchar. De esta forma, la otra persona también hará lo mismo. Una conversación implica empatía, un valor esencial que beneficia a todos.

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Estefania Esteban
Estefania Esteban
Periodista y escritora de literatura infantil.

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