Presta atención a este fantástico cuento infantil tradicional: ‘Los zapatos de hierro’. Se trata de una historia que nos alerta sobre los impulsos y las consecuencias de nuestras imprudencias. Fantástico tanto para niños como para mayores. No dejes de leer este cuento popular español y las reflexiones finales sobre el mensaje que transmite.

El increíble cuento para niño ‘Los zapatos de hierro’

‘Los zapatos de hierro’, un cuento tradicional español para niños

Érase que se era un joven cordobés llamado Luis. Un día, o mejor dicho, una noche, se encontró en una posada con un forastero al que se hacía llamar ‘Marqués del Sol’. Como vio que le gustaban las cartas, le desafió a una partida.

– ¡Me juego mi fortuna!- dijo muy seguro de sí mismo.

Y aunque era muy bueno jugando a las cartas, perdió.

– Pues me juego mi caballo- dijo entonces. Y también lo perdió.

– ‘Ea’, me juego mi espada- le dijo al forastero. Y volvió a perder.

– Pues ya no me queda más que mi alma… ¡me la juego!

¿Y qué pasó? Que la perdió. Ya apunto de irse el Marqués del Sol, con todo lo que había ganado, Luis se acercó a él y le dijo:

– Puedes llevarte mi fortuna, mi caballo y mi espada… pero déjame el alma.

– Está bien, te la devolveré cuando hayas gastado estos zapatos– le dijo con una voz un tanto misteriosa y mientras le entregaba un par de zapatos de hierro.

El pobre Luis pasó unos días sin sentir nada… ni tristeza, ni alegría. Pero al fin decidió que debía recuperar su alma, y se calzó los zapatos de hierro. Gracias a que un amigo le dejó dinero, se puso a andar y a andar sin parar, en busca del misterioso Marqués del Sol. Pero por más que lo buscó por todas partes, por todo el país, no lo encontró. Eso sí, sus zapatos se iban desgastando poco a poco.

Pasaron semanas, meses, años… Y un día, que pasaba por un pequeño pueblo, Luis se acercó a una posada en donde había un buen grupo de gente alborotada.

El alma del forastero: los zapatos de hierro

– ¿Qué ocurre?- preguntó intrigado.

– Que un forastero que me debía ocho noches, se ha muerto de repente– respondió el posadero- Tenía deudas con más personas y se están disputando lo poco que tenía el hombre, un viejo maletín. Y yo, no sé qué hacer con el cuerpo, que no tengo ni para enterrarle…

Luis, entristecido, le tendió una bolsa con dinero y le dijo:

– Con este dinero podrás pagar las deudas del viajero, y darle un entierro digno para su alma.

– Dios se lo pague- dijo agradecido el posadero.

Ese día, Luis no pudo comer, porque le había dado todo el dinero al hombre de la posada. Pero se dio cuenta de que uno de sus zapatos de hierro se había soltado. Aún así, partió esa misma noche y a mitad de camino, salió a su encuentro un jinete sobre un caballo negro, ataviado con una capa oscura.

– Luis- le dijo el jinete- Soy el alma del viajero que murió en la posada y al que pagaste las deudas. Quisiera premiarte de alguna forma por haber sido tan generoso conmigo… Camina por este camino hasta el río y escóndete tras unos sauces. Espera a que lleguen tres bellas aves blancas. Se transformarán en muchachas para bañarse en el río. Aprovecha para tomar una de las capas de plumas que habrán dejado en la orilla y devuélvela a cambio de que responda a la pregunta que quieras.

El misterioso jinete desapareció y Luis decidió hacerle caso. Por el camino, se rompió su otro zapato de hierro. Cansado, se quedó dormido tras los sauces hasta que unas risas le despertaron. Tres preciosos pájaros llegaron y dejaron caer sus plumas en la orilla. Las aves se transformaron entonces en muchachas que fueron a nadar al río. Luis hizo lo que le dijo el jinete, y cuando las chicas se dieron cuenta de su presencia, corrieron a por su manto de plumas. Dos de ellas pudieron salir volando, pero la tercera. se acurrucó en la orilla y se puso a llorar desconsoladamente.

La promesa de la muchacha de plumas blancas

– ¡Devuélveme esa capa de plumas o no podré regresar al palacio con mi padre!

– Te la daré si me respondes: ¿Dónde puedo encontrar al Marqués del Sol?

– No puedo decirlo… es mi padre, y nos hizo jurar que nunca revelaríamos dónde vive.

– Está bien- dijo entonces Luis- Haremos una cosa… te seguiré, y así no habrás faltado a tu palabra. No me habrás revelado la dirección, habré llegado por mi propia cuenta.

La joven asintió y al recibir su capa de plumas, se transformó en ave. Voló despacio para que Luis pudiera seguirla. Y desapareció en cuanto se vislumbró el castillo de su padre. Luis atravesó la puerta de la entrada y en seguida salió a su encuentro el Marqués del Sol.

– ¿Cómo llegaste hasta aquí?- le preguntó extrañado.

– Ya desgasté mis zapatos de hierro y he venido andando. Te pido que me devuelvas el alma.

– Te la devolveré cuando aplanes esa montaña que me tapa el sol.

Luis miró por la ventana y vio una montaña enorme. Ni mil hombres en mil años conseguirían aplanarla. Desesperado, salió del castillo y se puso a llorar. Pero entonces, una hormiguita le picó el puño, y antes de que él la aplastara, dijo:

– Quieto, no me mates. Soy la joven que te trajo hasta aquí, Blancaflor. Te ayudaré con el encargo de mi padre… Tú duerme y mañana no habrá montaña.

Y así fue. Al día siguiente, la montaña había desaparecido y Luis fue a buscar de nuevo al Marqués del Sol.

Las siguientes pruebas del hechicero

– ¿Me devolverás ahora mi alma?

– No, lo haré si plantas estas semillas y me traes los frutos para el desayuno.

Luis miró entonces una cesta llena de semillas. ¿Cómo podía hacer para que los frutos brotaran en apenas unas horas? Pero según salió del castillo, se acercó un precioso pájaro hasta él:

– Soy Blancaflor, la joven que te ayudó… Déjame a mí las semillas y descansa. Al despertar, tendrás los frutos que necesitas.

Y es lo que Luis hizo. Y al despertar, efectivamente, estaba rodeado de frondosos árboles frutales de todo tipo: manzanos, melocotoneros, ciruelos… Luis llenó la cesta de frutas y se las llevó al Marqués.

– Y bien, ¿me devolverás ahora el alma?

– Lo haré si consigues encontrar mi anillo de oro que perdí en el río.

El joven fue a buscarlo, pero al arrimarse a la orilla, se desesperó:

– ¿Cómo voy a encontrar un anillo en este río?

Entonces, un pequeño pez asomó la cabeza.

– ¡Soy Blancaflor! Yo te ayudaré a encontrar el anillo. Córtame en pedazos y vierte mi sangre al río. La sangre encontrará el anillo. Después vuelve a juntar mis pedazos y no olvides ninguno…

Luis hizo lo que dijo la muchacha. Al verter la sangre en el río, hizo espuma y se pronto llegó un anillo hasta sus pies.

– ¡Aquí está!- dijo Luis contento. Después juntó los trozos del pez, pero estaba tan nervioso, que olvidó uno muy pequeño…

– Luis- dijo el pez- No eres muy mañoso… olvidaste un pequeño trozo y ahora Blancaflor tendrá un meñique más pequeño…

– ¡Lo siento mucho!- dijo avergonzado el joven.

Los zapatos de hiero: Luis recupera al fin su alma

Y entonces, fue a buscar con el anillo al Marqués del Sol.

– Aplané la montaña, conseguí que los árboles dieran frutos en apenas unas horas y encontré el anillo de oro en el río. ¿Me devolverás ahora mi alma?

– Claro que sí… es más, además te regalo un caballo para que puedas regresar a tu casa. Te espera en la cuadra.

Luis salió a buscarlo, pero entonces un pequeño ratoncito salió a su encuentro.

– Cuidado, Luis- le dijo- ¡Soy Blancaflor! ¡Sé que mi padre quiere matarte! Él es el caballo. Busca unas espuelas y úsalas hasta que te suplique clemencia.

Luis hizo lo que le dijo la muchacha. Al llegar a la cuadra, vio un imponente caballo negro, pero al montar en él, empezó a enfurecer. Luis aprovechó para clavarle las espuelas, una y otra vez. El caballo estaba desesperado.

– ¡Alto, que soy el Marqués del Sol! ¡Detente!

– Lo haré si me devuelves el alma.

– ¡Te la devolveré!

Luis se bajó del caballo y éste recuperó su forma humana. Entonces le condujo hasta lo alto de una torre del castillo. Allí guardaba, en frascos de vidrio, llamas que eran las almas de sus víctimas. ¡Qué alegría sintió Luis al recuperar la suya! Entusiasmado, salió a contemplar la luz del día, y de pronto se dio cuenta de que al tener alma, podía sentir amor… ¡Se había enamorado de Blancaflor! Entonces vio unas hermosas rosas blancas y al inclinarse a olerlas, una de ellas le dijo:

– Luis, si pudieras casarte con una de las tres hijas del Marqués, ¿a quién escogerías?

El joven se dio cuenta de que hablaba con Blancaflor.

– ¿Con quién iba a ser sino con aquella que me ha estado ayudando desde el principio?

– Entonces, pídele mi mano, pero para que mis hermanas no se enfaden, hazlo de tal forma que parezca que escogiste al azar… Recuerda que tengo un meñique más pequeño…

La huida de los jóvenes

Luis entró al castillo y al ver al Marqué del Sol, le dijo:

– Me iba ya pero quería pedirle antes la mano de una de sus hijas.

– ¿Cuál de ellas?

– Si le parece bien, y como no las conozco, escogeré al azar. Que se escondan tras una tela y dejen que vea su dedo meñique. Con eso me bastará…

El Marqués hizo lo que Luis pidió y al joven no le fue muy difícil reconocer a Blancaflor… Pero sus hermanas, ardían de celos, y le contaron a su padre que Blancaflor le había ayudado a superar las pruebas.

– Luis, ¡debemos huir! ¡Mis hermanas han descubierto todo! Ve a la cuadra y escoge el caballo blanco. Yo te estaré esperando junto al bosque.

Luis fue a por el caballo, pero vio que el blanco era muy flaco, y decidió escoger el negro. Al ver la joven que llegaba con el caballo equivocado, se entristeció:

– ¡Oh, no! ¡El caballo blanco corre como un relámpago! ¡Mi padre nos alcanzará con él! Menos mal que dejé una camisa encantada en mi cuarto para hacer algo de tiempo…

Y la joven subió al caballo, con dos paquetes que llevaba, uno con su capa de plumas blancas y otro con monedas de oro. El Marqués del Sol escuchó el galopar del caballo, pero pensó que era Luis el que se iba. De hecho, al acercarse a la alcoba de su hija, preguntó:

– Blancaflor… ¿estás ahí?

Y la camisa encantada respondió por ella:

– Aquí estoy, padre.

Pero las hermanas, que desconfiaban de ella, acudieron un poco después y abrieron la puerta de la alcoba a la fuerza. Entonces vieron la camisa encantada y avisaron a su padre.

– ¡Les alcanzaré!- dijo enfadado sobre el caballo blanco.

Y en poco tiempo vio Blancaflor el polvo que levantaba el caballo de su padre.

– ¡Ya está aquí! ¡Corre, Luis, corre! Tenemos que llegar hasta el río. allí el poder de mi padre desaparece.

El hechizo del marqués

Pero el Marqués del Sol se acercaba, y Blancaflor arrojó al suelo una peineta, que se transformó en montaña. Esto hizo que el Marqués tardara un poco más en rodearla. Pero luego la joven tuvo que tirar su velo, que se transformó en niebla. A pesar de la poca visibilidad, el Marqués consiguió seguir adelante. Y en esto que el caballo de los jóvenes, que estaba agotado, tropezó.

Luis y Blancaflor terminaron en el suelo, y la joven se puso a llorar desconsolada, pensando que era el fin. Pero de sus lágrimas nació entonces un enorme río y el Marqués del sol no se cayó a él gracias a los reflejos de su caballo, que paró en seco.

-¡Malditos! Vete, Blancaflor, pero desde ahora perderás tu magia y serás como cualquier otra mujer. Y Luis se olvidará de ti al besar a otra…

El Marqués del Sol se fue, y Blancaflor, asustada, miró a su enamorado:

– ¿Te olvidarás de mí?

– ¿Cómo podría?- respondió Luis dándola un beso.

Siguieron andando, y como Blancaflor estaba cansada, Luis le dijo.

– Espérame aquí junto a estos árboles y vendré a buscarte con un caballo que guardo en mi casa de Córdoba. Está solo a dos horas andando…

Y allá que fue el joven, con el paquete del manto de plumas blancas en la mano, tan alegre, que al ver a su antigua criada, una anciana muy vivaracha, le dio un beso emocionado.

– ¡Qué alegría, mi Luisito!- dijo ella, devolviéndole el beso.

– ¿De dónde vienes? ¿Y a dónde ibas con tanta prisa?

– ¿Yo? Pues la verdad… no lo recuerdo.

– ¿No te acuerdas? Bueno, pues bienvenido seas igualmente.

El maleficio del Marqués del Sol se cumplió y el joven olvidó a Blancaflor. Y volvió a su vida de siempre durante un año, hasta que un día, se fijó en el paquete que había traído el día que regresó a Córdoba, y al abrirlo, vio el mando de plumas blancas…

– El caso es que este manto… estas plumas… ¡Blancaflor!- dijo de pronto, recordándolo todo- ¡La dejé a dos horas de aquí!

Los zapatos de hierro: la búsqueda de Blancaflor

Angustiado, fue a buscarla, pero no estaba. Al regresar, la anciana, le vio tan pálido que le preguntó.

– Ay, ya recordé lo que pasó aquel día- le explicó el joven- Dejé a mi amada Blancaflor en el bosque…

– Bueno, hay más jóvenes. Ella se habrá ido…

– No, no hay ninguna más.

– Si quieres, puedo poner una vela a San Antonio. La puse por ti y regresaste… Y tú puedes ir a ver a una hechicera que vino al barrio hace poco, como un año… Y dicen que hace milagros. No pierdes nada por intentarlo.

El joven estaba tan desesperado que decidió hacer caso a la anciana. Llegó hasta una casa cochambrosa en donde le dijeron que vivía esa mujer. El lugar estaba oscuro.

– ¿Quién viene?- oyó Luis que preguntaban.

– Soy Luis, y busco a una mujer que dejé en el bosque hace un año. Por culpa del hechizo de su padre, me olvidé de ella.

– ¿Y quieres encontrarla?

– Lo deseo con toda mi alma.

Entonces, la mujer que hablaba se acercó a la luz… ¡Era Blancaflor!

– Te estaba esperando- le dijo entonces.

Los dos se abrazaron. Por fin habían vuelto a encontrarse, y esta vez, sí, para siempre. Desde entonces los jóvenes pudieron vivir juntos y felices. Blancaflor recuperó su manto de plumas blancas y lo puso usar como manta para su hijo.

Qué valores puedes trabajar con el cuento ‘Los zapatos de hierro’

Puedes usar este cuento tradicional lleno de aventuras para reflexionar sobre:

– Las consecuencias de nuestras imprudencias.

– La bondad.

– El amor.

– La cooperación.

– El perdón.

Reflexiones sobre el cuento ‘Los zapatos de hierro’ para niños

¡Cuántas aventuras y cuántas pruebas difíciles tuvo que pasar Luis para recuperar su alma! Y todo por un ‘descuido’ cuando era muy joven…

Las imprudencias se pagan: la historia parte de un impulso. Luis era muy joven y se dejó llevar por el juego, por la tentación de la avaricia y por el orgullo. Cayó en las redes de un hechicero y lo pagó, vaya que si lo pagó… Más allá de los zapatos de hiero, tuvo que superar muchas otras pruebas. Y es que las consecuencias de nuestros actos a veces pueden ser muy graves. Las imprudencias se terminan pagando, y los impulsos a los que nos llevan las emociones, también. De ahí que tengamos que tener cuidado con lo que hacemos y decidimos.

Luis ‘pagó’ su deuda pendiente: aunque cometamos imprudencias y nos equivoquemos, podemos poner remedio y ser perdonados. Una buena acción enmienda una mala acción. Y Luis hizo todo lo posible por ser perdonado y recuperar su alma. Por el camino, demostró que era bondadoso y muy generoso, y esto a su vez le ayudó a conseguir lo que quería, ya que los actos de bondad se recompensan con gratitud.

El triunfo del amor: en realidad quien ayudó a Luis a recuperar su alma tras deshacerse de los zapatos de hierro, sin que fue el amor, el que sentía Blancaflor por el joven. El amor es el que nos ayuda a escalar montañas y alcanzar lo inalcanzable. La joven colaboró con él y gracias a su infinita generosidad, logró que Luis recuperara su alma.

El amor no se olvida: a pesar de que el hechicero quiso que Luis olvidara a Blancaflor, éste la recordó, porque es cierto que se pueden olvidar rostros, palabras… pero una emoción no se olvida. Y mucho menos el amor.

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