Este sorprendente y original cuento popular español, ‘El castillo de irás y no volverás’, es un cuento infantil con valores que nos habla de gratitud, bondad, solidaridad, justicia o equidad y por supuesto, de las recompensas a la honestidad. No te pierdas el cuento de hadas y sus reflexiones finales. Es algo largo, pero bien merece la pena.

Un increíble cuento infantil: ‘El castillo de irás y no volverás’

Cuento infantil con valores: El castillo de irás y no volverás
‘El castillo de irás y no volverás’, un cuento popular para niños

Cuentan que hace mucho tiempo existió un pescador muy, pero que muy pobre, que no tenía más que una vieja red remendada por mil sitios, una caña larga de pescar y unos anzuelos. Vivía en una humilde casa con su mujer y sus tres hijos, y apenas tenían nada para comer.

Llevaba el pescador varios días sin probar bocado, y a pesar de la tempestad, decidió salir al mar con su vieja red para probar suerte. Permaneció muchas horas bajo la lluvia y el viento, y cuando fue a subir la red, notó que pesaba mucho. ¡Qué contento se pudo al pensar que al fin su red estaría repleta de peces y que esa noche su familia podría cenar! Pero al mirar en la red, para sorpresa suya, solo vio pun pequeño pez, gordito pero muy pequeño, con escamas de oro y plata.

– ¿Cómo puedes pesar tanto?-dijo el pescador.

Y el pez, con una dulce vocecita imploró:

– Por favor, devuélveme al agua.

– ¿Al agua? ¿Con lo que me ha costado sacarte de ahí y el hambre que tienen mis hijos? No puedo hacer eso.

– Pues no me devuelvas al agua, pero no me comas…

– Llevamos días sin comer. Aunque eres pequeño, eres todo lo que tenemos.

– Lo entiendo… Está bien, al menos prométeme que cuando me comáis, enterrarás mis espinas en la entrada de tu casa.

– Sí, eso sí puedo hacerlo. Cuenta con ello- respondió el pescador.

El pescador cumple su promesa

¡Y qué contenta se puso su familia al ver el pez! Era poca comida, pero les sirvió para acallar el ruido del estómago. Y el pescador, fiel a su promesa, enterró las espinas a la entrada de la casa.

Al día siguiente, Miguelín, el hijo mayor, salió el primero de la casa. ¡Qué sorpresa se dio! Justo en el lugar donde su padre había enterrado las espinas del pez, había ahora un hermoso caballo blanco con un perro encima y un abrigo. Sobre el abrigo, un cofre lleno de monedas.

Él, que era un chico muy bondadoso y estaba deseando recorrer mundo, dejó la caja con monedas en la casa para sus padres, y usó el caballo para probar suerte más allá del lindero del bosque. Y el perro también se fue con él sin separarse nunca de su nuevo amo.

Cabalgó Miguelín durante largo tiempo hasta que vio a tres animales discutir por una liebre muerta: un león, una pulga y una paloma, querían la liebre como botín. Al verle, el león le dijo:

– ¡Alto ahí! ¿Quién eres tú? Si eres realmente el creador, actúa como juez y dinos quién debe quedarse esta liebre muerta. ¿No crees que debería ser yo, que soy el rey de la selva?

– De eso nada, dijo la paloma. En realidad debería ser para mí, porque fui quien la descubrió desde lo más alto- dijo la paloma.

– Sí, pero si yo no la hubiera picado, el cazador no la habría matado- dijo entonces la pulga.

La gratitud de los animales

– Está bien- dijo entonces Miguelín- A ver, pulga, ¿no crees que es demasiada carne para ti?

Entonces, cortó un pedacito de cola de la liebre y se la dio a la pulga.

– Con esto, tendrás suficiente.

Y ella agarró tan contenta su comida.

– Y para ti, paloma, un poco de oreja.

La paloma se hizo con su botín muy satisfecha.

– Y para ti, león, el resto, ya que necesitas más carne.

– Veo que sí eres el creador, al menos eres tremendamente justo. Deja que te haga un regalo…

El león se arrancó un pelo de la cola y dijo:

– Si necesitas en algún momento parecer un león, solo tienes que usar este pelo y decir ‘Dios me valga, león’. Cuando quieras volver a ser un hombre, solo tienes que decir ‘Dios me valga, hombre’.

El león se alejó orgulloso con su liebre. Entonces, la paloma se arrancó una pluma y le dijo:

– Lo mismo te digo, muchacho. Cuando quieras ser paloma y volar, di con esta pluma ‘Dios me valga, paloma’.

Y el ave se fue volando con su carne. La pulga, por su parte, dijo:

– Yo no puedo darte ni pelos ni plumas, pero tengo muy buen oído, y si te oigo decir ‘Dios me valga, pulga’, te convertirás en una ser tan molesto como yo…

Y diciendo esto, la pulga se alejó dando pequeños saltos. Miguelín siguió entonces cabalgando durante tres días, hasta que vio una luz al final de un camino.

El terrible castillo de Irás y no volverás

Había un pastor cerca y decidió preguntar:

– Perdones usted, buen hombre, ¿sabe de dónde viene esa luz?

– ¡Diantres! ¡Ni te acerques a ella! Es el castillo de Irás y no volverás. Te recomiendo que des media vuelta…

Pero Miguelín era terco en su empeño y decidió seguir adelante. Cabalgó durante tres días más y otro pastor al verle dijo:

– ¡Atrás, loco! ¿A dónde vas?

– Al castillo de irás y no volverás.

– Decididamente, perdiste la razón…

Pero Miguelín estaba dispuesto a llegar al dichoso castillo y siguió cabalgando tres días más, hasta que al fin vio más cerca el castillo, resplandeciente, de oro y plata.

Estaba decorado con hermosas piedras preciosas y lo rodeaba un maravilloso bosque lleno de árboles resplandecientes y pájaros de hermosos colores. Al pasar por el bosque, árboles y pájaros le advirtieron:

– ¡No te acerques al castillo… no volverás!

Un árbol le agarró la casaca para impedir que avanzara, pero Miguelín consiguió librarse de las ramas y al fin llegó a la puerta del castillo. Tres enormes perros le esperaban e impedían su paso. Entonces, recordó lo que los animales le habían entregado… y viendo en lo alto del castillo una ventana abierta, sacó del bolsillo la pluma y dijo:

– ¡Dios me valga, paloma!

En un segundo se transformó en ave y logró colarse por la ventana al castillo. Al decir «¡Dios me valga, hombre!», recuperó la forma humana.

El castillo encantado

Estaba en una estancia de paredes de oro, pero no había nada más. Pasó a otra de paredes de plata, también vacía, y a una repleta de piedras preciosas, pero sin nada más. Miguelín estaba muerto de hambre, y dijo en voz alta:

– Sal ya, hombre, demonio o lo que seas… ¡de buena gana cambiaría todo este oro por un plato de humeante sopa!

Y tan pronto como terminó de decir esto, apareció ante sí para su sorpresa una mesa y una silla y sobre la mesa, un buen número de platos con suculentos manjares. Miguelín comió hasta hartarse y al terminar, la mesa, la silla y los platos, desaparecieron.

Siguió andando por el castillo, un tanto desorientado, hasta que se paró en otra habitación y se dio cuenta de que llevaba muchos días sin dormir:

– Ojalá pudiera encontrar un lugar cómodo donde descansar y dormir… – dijo en voz alta.

Y de pronto apareció ante él una cama. Sin dudarlo, se echó a dormir, hasta que el sonido de un llanto le despertó.

– ¿Quién llora así?- preguntó, mientras se acercaba al cuarto de al lado. ¡No había nadie!

Buscó y buscó por el castillo sin encontrar a la persona que tanto lloraba. Cansado, dio una patada al suelo, y de pronto éste se abrió, dejándolo caer a una habitación de ricos tapices. En medio, sobre una silla de bordados de oro, una hermosa princesa de rubios cabellos lloraba desconsoladamente.

– ¿Por qué lloras así?- dijo Miguelín.

El drama de la princesa

– Oh, vete lo antes posible de este horrible sitio… Escapa mientras puedas. El dueño de este castillo es un terrible ogro que duerme 22 días al mes. Cuando despierta, se pasa siete días preparando un banquete. Al octavo día, come y come sin cesar. El postre es siempre una princesa. Y yo he sido la siguiente elegida. Mañana despierta el ogro, así que me quedarán ocho días de vida. Y no se puede hacer nada… ya han muerto muchos jóvenes al intentar liberar a alguna princesa.

– Oh, no temas, yo sí lo lograré. ¡Destruiré al ogro come princesas ese! Puedo convertirme en paloma, león o pulga… – dijo resuelto Miguelín.

– Nada puedes hacer contra ese monstruo… solo puede el huevo que está dentro de una serpiente en el bosque del Monte Oscuro. Si se dispara ese huevo entre ceja y ceja al ogro, él muere y el castillo queda desencantado. Pero también es imposible conseguir el huevo, porque la serpiente es un monstruo astuto y poderoso… Si de verdad puedes convertirte en paloma, vuela y huye por la ventana antes de que se despierte el ogro.

– Volaré, pero para ir en busca del huevo. Y volveré para salvarte. Si lo hago, ¿te casarías conmigo?

– Claro que sí, pero ya te digo que es imposible…

Miguelín, que ya hemos dicho que era muy terco, salió volando por la ventana, llegó hasta donde estaban su caballo y su fiel perro y se dirigió al pueblo bajo la montaña que le indicó la princesa.

La lucha con la serpiente

Al llegar pidió trabajo como pastor en la casa donde vivía una pareja con sus hija. La chica, que se quedó prendada de él, convenció a su madre y al día siguiente, ya subía Miguelín con las ovejas hacia la montaña.

– No vayas a esa montaña verde de allí- le dijo su amo- Hay una terrible serpiente que devora a cualquier hombre que intenta acercarse. Por eso nuestras ovejas están tan flacas, porque no pueden comer en ese lugar tan frondoso.

¿Y qué hizo Miguelín? Por supuesto, todo lo contrario de lo que le dijeron. Fue en busca de la serpiente, y mientras las ovejas disfrutaban de la esplendorosa hierba, él, convertido en león, luchó con la serpiente sin cesar. Agotados, la serpiente dijo:

– Si tuviera agua de la ría, qué pronto, león mío, te mataría.

A lo que Miguelín respondió:

– Y si yo tuviera un trozo de pan, una botella de vino y el beso de una doncella, qué pronto, serpiente mía, la muerte te diera.

Y el joven, tras decir: ‘Dios me valga, pulga’, se alejó de allí.

Los dueños de las ovejas quedaron muy sorprendidos al ver a los animales algo más gordos.

– ¿Dónde habrá ido?- dijo la madre.

– Yo le seguiré mañana para descubrirlo- dijo entonces la doncella.

Al día siguiente, la joven siguió a Miguelín y lo vio todo, desde que se convirtió en león hasta que hizo que dijo a la serpiente cómo la mataría para alejarse después convertido en pulga.

De vuelta al castillo de Irás y no volverás

La chica decidió no decir nada, y al día siguiente volvió a seguir a Miguelín, pero esta vez llevaba en la mano una cesta. Y así, Miguelín, tras la lucha con la serpiente, dijo:

– Y si yo tuviera un trozo de pan, una botella de vino y el beso de una doncella, qué pronto, serpiente mía, la muerte te diera.

Y entonces salió la doncella con la cesta de su escondite, le dio al león un trozo de pan y un poco de vino, acompañados de un sonoro beso.

Miguelín entonces siguió luchando con la desfallecida serpiente, que terminó muriendo.

– Dios me valga, hombre- dijo Miguelín.

Y ya convertido en hombre, rasgó la serpiente con su cuchillo y consiguió el huevo que buscaba.

¡Qué felices estaban en el pueblo! ¡Al fin alguien consiguió liberarles de la serpiente! Pero a pesar del festejo que prepararon para él, Miguelín se fue a toda prisa al castillo de Irás y no volverás, porque solo tenía un día para salvar a la princesa.

Llegó justo a tiempo, el día del banquete. Miguelín se transformó en paloma, entró en la estancia del castillo y ya convertido en hombre, sacó a toda prisa el huevo de la serpiente, justo en el momento en el que el terrible ogro abría la boca para comerse a la princesa.

Su puntería fue tal, que de un certero golpe entre las cejas, el ogro murió, y el castillo entonces se desmoronó por entero.

Los pájaros se transformaron en niños y los árboles en donceles. Todo el encantamiento se deshizo. Miguelín y la princesa se casaron a los pocos días y los padres del muchacho fueron invitados de honor.

Y a partir de entonces, al pescador y a su familia no volvió a faltarles nunca más nada.

Qué temas puedes trabajar con el cuento ‘El castillo de irás y no volverás’

Este cuento, como ves, está lleno de valores universales:

– El valor de la justicia.

– La bondad.

– El coraje.

– La honestidad.

– El valor de la gratitud.

– La perseverancia.

Reflexiones sobre este cuento infantil

¡La cantidad de temas que puedes sacar de este original cuento! Pero sobre todo, que todo, en esta vida, puede cambiar. Todo depende de nuestra actitud ante la vida y los problemas:

Quien la sigue, la consigue: si te das cuenta, la perseverancia de Miguelín es en realidad la que consiguió que se saliera con la suya y fuera capaz de cambiar su vida y la de su familia. Pero también la de la princesa, los niños y jóvenes encantados y la de los pastores del pueblo atemorizado por la serpiente. Y es que, cuando piensas en ayudar a otros, al final, sin darte cuenta, te estás ayudando a ti.

La honestidad del pescador y el premio a la justicia: en la primera parte del cuento encontramos dos valores esenciales, el de la honestidad, que es cumplir las promesas, y la gratitud, en el caso de los animales, que están muy agradecidos ante un gesto de justicia y equidad. En el primer caso, el pescador hizo lo que el pez le había pedido, a pesar de que podía haber hecho ‘oídos sordos’. ¿Para qué enterrar una espina en la entrada de una casa? Pero él decidió cumplir su promesa, y este gesto fue recompensado con el caballo que sirvió a Miguelín para cambiar su destino. La justicia del muchacho también fue recompensada con tres dones, que él supo aprovechar a su vez para ayudar a otros.

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Estefania Esteban
Estefania Esteban
Periodista y escritora de literatura infantil.

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