Una historia de amor en una residencia

Aquí tenemos una nueva historia en donde el amor se abre camino, a pesar de la pandemia, esta vez, en una residencia de ancianos. ‘Jorge y Ascen’ es la historia de una residente y un voluntario social ya muy mayor que se enamora poco a poco, sin darse apenas cuenta, de la mujer. Descubre el desenlace de este cuento de amor en tiempos de coronavirus.

Un cuento para adolescentes y adultos: Jorge y Ascen

Relato de amor para adolescentes y adultos: Jorge y Ascen
‘Jorge y Ascen’, una historia de amor en tiempos de coronavirus

Jorge era voluntario social, ya tenía bastantes años, pero afortunadamente, del voluntariado no te obligan a jubilarte. Miraba el jardín de la residencia, alargaba un poco el cuello y se alzaba disimuladamente, sobre las puntas de los pies. ¡Que raro que no hubiera salido Ascen a tomar un poquito el sol! Aún con la mascarilla, le gustaba dar cortos paseos por el jardín apoyada en su bastón, y sentarse en un banco para, haciéndose la distraída, charlar un poco con él, de cualquier cosa sin importancia, como: “Buenos días Jorge, qué tal ha descansado, parece que hoy ha apaciguado el calor, tenemos una brisa muy agradable, y los pájaros cantan muy animados”.

A lo que él respondía encantado, dándola, por supuesto, siempre la razón. ¡Ay!, Ascen era una muñeca encantadora, de ojos grises, cabellos blancos y piel de porcelana, a pesar de sus 90 años, era una digna representante de la gracia, la dulzura y la feminidad que para él, eran las principales virtudes de una mujer. Esos ratos por la mañana, en los que le dejaban pasar a charlar con ella, eran sin ninguna duda, los mejores del día. Ahora, cada cual en un banco, dejando bastante distancia, por el dichoso coronavirus. ¡Qué mala pata de epidemia!, pensó Jorge, ¿Que estarían haciendo los chinos, para que se les escapara ese mal bicho?

Jorge y Ascen: la noticia

Pero… miró su reloj, cuanto se estaba retrasando Ascen, ¿se habría enfermado? Y sintió que la inquietud se abría paso en su interior. Decidió pasar a preguntar por ella.

Subió las escaleras y tocó el timbre, al poco sintió el sonido de unos pasos, y entreabriendo la puerta la recepcionista, le preguntó que a quién iba a visitar.

– A Doña Ascensión, como siempre- contestó el hombre-. Ayer no pude verla por un asunto que tuve que resolver.

La mujer no pudo disimular un gesto de tristeza, lo que a Jorge no le pasó desapercibido, e inmediatamente preguntó:

– No le habrá pasado nada, ¿verdad?

Ella, bajando los ojos, le informó de que se la habían llevado al Hospital, había dado positivo en las pruebas de Covid.

– Usted, como amigo suyo, también debería de hacérselas.

La cara del hombre era un poema, se quedó tan desolado que, no sabía ni qué decir. 

– Bueno, dijo bajito- si hemos charlado desde lejos- ni siquiera nos hemos tocado.

– Ya- respondió la recepcionista- pero aunque se hayan visto con mascarillas, sería conveniente. Si usted quiere, aquí mismo se la podemos hacer, y así sale de dudas, es muy conveniente, porque  debemos poner las medidas adecuadas, para frenar este virus.

Jorge lo pensó un momento, para preguntar después:

– Oiga, ¿y eso duele?, es que a mí los pinchazos…

La preocupación de Jorge

Ella le tranquilizó, no dolía, no había pinchazos, y apenas duraba unos minutos, era un simple frotis por la nariz.

– ¡Ah, si es así cuando me digan!- sonrió haciéndose el valiente-. Pero, volviendo a Doña Ascensión, ¿cómo poder saber de ella?

– Al Hospital solo puede llamar la familia– dijo la mujer- Pero también informan a la Directora del Centro, así que ella le podrá decir cómo se desarrolla la enfermedad. Por otro lado, imagínese, está siempre muy ocupada, si le parece, seré yo la que le informe, ya que tengo contacto a diario con ella, y le preguntaré.

– ¡No sabe como se lo agradezco!, me doy cuenta de que es usted una bellísima persona, gracias, de corazón.

– Bueno- agregó ella-, no me costará hacerlo, me consta que ustedes son buenos amigos.

El hombre se despidió y emprendió el regreso a casa, muy afectado por la noticia, al pasar cerca de la parroquia y comprobar que estaba abierta, entró, se acercó al sagrario para pedir por la pronta curación de Ascen, y después, posando los ojos en la imagen de San Roque, recordó que siempre le dijeron que era el intercesor “especializado”  en pestes, por que se dedicó a atender a los que la padecían hasta contagiarse él mismo. ‘¡Ah!, pues ésto es una peste’, pensó, por lo tanto, tienes que ayudarnos, y especialmente a Ascen, porque aunque sea mayor, y sé que mayor que yo, al menos, me saca siete años… pero, qué quieres que te diga, es alguien muy importante para mí, lo reconozco, mi vida sería mucho más triste sin su presencia, sin sus conversaciones por las mañanas…

– ¡Por favor, San Roque, échale una mano, que no se muera, intercede por ella para que se cure!

Jorge guiñando los ojos, se acercó más a la imagen, pues… ¿serían imaginaciones suyas? ¿No parecía que San Roque sonreía? No sé, pero parece que sí.

– Bueno- le dijo muy serio-, que te prometo que mañana mismo me hago las pruebas, y aquí va mi limosna para los necesitados, pero ¡por favor, acuérdate de Ascen.

Al salir se encontraba reconfortado, aquella conversación con Roque le había aportado esperanzas.

Jorge y Ascen: la larga espera

Al día siguiente cumplió con lo pactado, y dejó pacientemente, que le hurgaran por la nariz hasta la campanilla, un poquillo molesto, pero enseguida se le pasó. Las noticias eran buenas, por lo visto Ascen empezaba a reaccionar bien al tratamiento, y la fiebre había bajado. “¡Estupendo!”, dijo el hombre, mientras chocaba su codo con el de la recepcionista. Ella rió bajo la mascarilla, y agradeciéndole su optimismo, le rogó que no dejara de visitarlas, su buen humor les era más necesario que nunca.

Poco a poco pasaron los días, y Jorge estuvo como un clavo cada mañana. Las noticias sobre Ascen eran muy buenas, por lo visto lo habían cogido muy a tiempo, y a pesar de su edad, tenía buenas defensas.

Él contaba los días, al cumplirse el día veinte de el ingreso, le dieran el alta, y Celia, la recepcionista, le llamó por teléfono:

– ¿Jorge?, ¡que nos la mandan para casa!, que dicen que está tan bien, que puede continuar el tratamiento en la residencia. Le han vuelto a hacer las pruebas y está limpia, ¡es una campeona!

Jorge reía y lloraba a la vez, ¡Caray, Roque se había portado!, tendría que hacerle una visita para agradecérselo. Y por supuesto para pedirle su ayuda a los médicos y enfermeros, que estaban dando todo lo mejor de ellos.

La voz del otro lado de la línea, le pedía que aportara su iniciativa para prepararle a Ascen, una  fiesta de bienvenida.

– ¿Contamos contigo?

– ¡Por supuesto, no lo dudes!- respondió el hombre- Me pongo a ello. ¿Cuándo llegará?

– Mañana sobre las doce- respondió Celia.

El recibimiento a Ascen

Y efectivamente, cuando la anciana bajó de la ambulancia, ayudada por los enfermeros, se encontró con una pancarta sobre la entrada a la residencia: “Bienvenida Ascen, campeona”, y se emocionó un montón.

Las escaleras estaban jalonadas por los trabajadores de la residencia que aplaudían entusiasmados, mientras le gritaban: – ¡Campeona,campeona, oé,oé,oé!

La mujer, caminaba despacio apoyada en el bastón. Cuando se acercó Jorge con una silla de ruedas y ayudándola a sentarse,  dijo:

– Enhorabuena, eres una persona verdaderamente importante, y me enorgullezco de ser tu amigo.

Como ya se acercaban sus familiares, el hombre le entregó una bolsa de caramelos, y le dijo al oído:

– Cuando te quedes sola, busca la nota que está en el fondo del paquete. 

Sus hijos, sus nietos, residentes, todos la felicitaban, y ella no paraba de dar las gracias, con los ojos brillantes por la emoción, mientras apretaba la bolsa de caramelos contra su regazo. Hasta después de la comida, no pudo retirarse a descansar, una vez ya en su sillón relax, se acordó de la bolsa de caramelos que había dejado sobre la silla de ruedas, y pidió que se la acercaran. Cuando la dejaron sola, buscó en el fondo, removiendo los caramelos, hasta encontrar un sobre pequeño, lo abrió y encontró la nota.

Jorge y Ascen: la nota

Decía así: “Querida Ascen, nunca imaginé que a nuestra edad, se pudieran experimentar sentimientos tan bonitos, pero así es. Le doy muchas gracias a Dios por tu recuperación, y te suplico me concedas el honor de ser tu caballero, el tiempo que el Señor nos conceda. Si aceptas, mañana cuando bajes al jardín, ponte un pañuelo de colores alegres sobre los hombros, esa será tu respuesta, si así lo haces, seré inmensamente feliz. Tu siempre amigo y admirador 

Jorge”

 A la mañana siguiente, el hombre llegó sobre las once, inquieto miró sobre la tapia del jardín, solo había dos residentes paseando, pero Ascen no estaba, se entristeció un poco, y dando un suspiro se regañó a sí mismo por su osadía.

Entonces volvió a mirar, y ¡oh, sorpresa!, en ese momento la mujer apareció en las escaleras luciendo un pañuelo sobre sus hombros de colores brillantes, rosas, fucsias, malvas… Jorge cerró los ojos, y apretando los puños dijo: ¡Gracias!

Algunas reflexiones sobre este relato de amor

Está claro que el amor no entiende de edad ni de lugares. Y así es como ya mayores, los protagonistas de esta historia vuelven a sentir la necesidad de estar el uno cerca del otro.

Este relato describe la generosidad y desprendimiento de Jorge, el voluntario que a pesar de sus ochenta y pico años, decide aportar compañía a otros mayores más dependientes. Un acto de bondad que le lleva a conocer a Ascen, una anciana a la que le quedan pocos años de vida, pero que no duda en compartirlos con la persona que más cariño le muestra.

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