Un cuento repleto de valores sobre la justicia social y la honestidad

Cuando leas este cuento, te sentirás ‘extraño’. ‘El joven rey’, escrito por Oscar Wilde, es uno de esos cuentos que se necesitan masticar lentamente, porque su final nos deja reflexiones profundas que en algunos casos crean perplejidad y confusión. Descubre aquí la adaptación algo más corta de esta fantástica historia y busca al final sus comentarios.

La historia y la reflexión de ‘El joven rey’, para adolescentes y adultos

El cuento El joven rey, para adolescentes y adultos
‘El joven rey’, de Oscar Wilde. Ilustración de Laura Ruiz

Era la noche previa a su coronación, y el joven rey no podía dejar de contemplar su hermosa habitación: una cama con balaustradas de marfil, piedras preciosas y telas rojas de satén. Sábanas bordadas con el hilo más delicado… una escultura de un adonis traída de Grecia y cuadros de los mejores artistas de todo el planeta.

Sin duda, el joven se sentía afortunado de poder disfrutar de tantos lujos. Él, que había vivido en una humilde choza junto a una pareja de cabreros. Él, que había cuidado del rebaño, descalzo casi siempre, en mitad del monte bajo el techo de un cielo azul o bajo la copa de un árbol en días de tormenta.

Su madre, la princesa, le tuvo a escondidas, fruto de un amor prohibido pero sincero. El rey no quería reconocer ni dar su bendición a un matrimonio entre su única hija y un simple artista de Rimini, que dejó además incompleta una obra en la catedral. Así que ordenó que el recién nacido fuera entregado a unos ganaderos de la zona. Ellos le cuidarían.

Unos dicen que la madre murió de pena y otros, que envenenada. El caso es que la joven princesa no superó la semana tras dar a luz, y el rey se quedó solo y sin descendencia. Y tal vez el remordimiento o la ausencia de su hija quiso que, cerca ya de su muerte, decidiera que su reino tenía que ser para el único nieto que tenía, no para un desconocido. Y así fue cómo ordenó buscar al chico, al mismo lugar donde le dejaron de bebé.

El primer sueño del joven rey

El joven ya era apuesto y bien aparente. Dieciséis años y un mundo por descubrir. Sus ojos se quedaron petrificados ante tanta suntuosidad ya en palacio, y la belleza le atrapó hasta la extenuidad. No dejó de ordenar que le trajeran joyas, oro, obras de arte. ¡Todo aquello que le había sido arrebatado en su infancia! Pero sobre todo, adoraba el arte.

Dicen que se pasaba el día contemplando un cuadro o una escultura. Sin decir nada, extasiado ante la belleza. Tal vez por eso, había ordenado tejer el mejor traje para su coronación, con hilos de oro y plata, y había exigido esculpir la corona más espléndida, con brillantes esmeraldas, y un cetro adornado con las perlas más grandes del océano. Todo eso le esperaba, solo unas horas. Y sería nombrado rey.

Pero pensando en todo esto le entró sueño, y el muchacho se durmió. Y este fue su primer sueño:

Se encontraba de pronto es una especie de desván o sótano mugroso, lleno de humedades. Apenas entraba por una rendija de la pared un pequeño hilo de luz. Unos pálidos y enfermizos niños se acurrucaban junto a unas pesadas vigas de madera. De vez en cuando tenían que levantarlas, cuando un hilo de pronto pasaba por allí. El hilo que tejían unas mujeres macilentas con las manos descarnadas.

El aire estaba corrompido y denso. Un hombre, que vigilaba todo, se dio cuenta de su presencia:

– ¿Qué haces aquí?- le preguntó entonces- ¿Eres acaso un espía colocado por nuestro amo?

– ¿Y quién es vuestro amo?- preguntó él.

– ¡Mi amo! Un hombre como yo, pero con ricas ropas. Esa es la diferencia.

– Pero… el país es libre, no tenéis por qué trabajar como esclavos

En la guerra, el fuerte esclaviza al débil. En la paz, el rico esclaviza al pobre. Llevamos cadenas, aunque no las puedas ver. Pero es la única forma que tenemos de conseguir algo de alimento.

– Y dime… ¿qué traje estáis confeccionando con tanto sufrimiento?

– Es el traje para la coronación del joven rey. ¿Acaso te importa a ti algo?

El segundo sueño

Y el muchacho se despertó angustiado, dando un grito de espanto. Se acercó a la ventana para respirar algo de aire, contempló la luna y regresó a su cama. Entonces se durmió y soñó. Y este fue su segundo sueño:

En medio del océano, un barco avanzaba a toda velocidad contra las olas. Un hombre forzudo golpeaba con un látigo a un grupo de negros que remaban sin parar. Pasaron cerca de la costa y unos hombres a caballo les dispararon. El hombre se agachó:

– ¡Remad más deprisa, holgazanes!

Y los esclavos se apresuraban mientras intentaban esquivar las balas. Entonces, llegaron a un lugar entre las rocas, en donde el barco paró y soltó su ancla. En ese momento, el capataz llamó al esclavo más joven. Le puso unos tapones en los oídos y en la nariz y ató a su cintura una piedra. El joven se lanzó al agua, y al cabo de unos minutos regresó con una perla en la mano.

Una y otra vez tuvo que repetir la misma operación, hasta que la última vez, mostró al capataz una perla enorme, brillante y perfecta.

– Esta, esta será la perla para el cetro del nuestro rey– dijo entre risas.

En ese momento el joven negro, exhausto, cayó muerto a sus pies. Y el barco levó el ancla y se alejó de allí.

El tercer sueño del príncipe

El joven rey despertó dando un grito de terror. Después de pasar unos minutos, volvió a dormirse. Y este fue su tercer sueño:

Caminaba por un bosque oscuro cuando, al azar, llegó hasta un lugar en donde una muchedumbre buscaba algo en la orilla de un río. Algunos, con las manos ensangrentadas. Desde una sombría caverna cercana, la Avaricia y la Muerte les observaba.

– Dame un tercio de tus hombre y me iré- dijo la Muerte.

– Ni hablar, ni lo sueñes. Ni uno solo te daré- respondió la Avaricia.

– Está bien, me conformaré con un grano de trigo. Dame un grano de trigo y te dejaré en paz- dijo entonces la Muerte.

– ¿Un grano de trigo? ¿Estás loco? ¡No pienso darte nada! – Está bien, tú lo has querido.

Y la Muerte cogió la copa de un árbol y la sumergió en el río y de ella nació la Fiebre. Un tercio de los hombres que trabajaban en el río, murió.

– ¡Has matado a un tercio de mis hombres!- protestó la Avaricia.

– No quisiste darme el grano de trigo… Dámelo y no mataré al resto.

– Te he dicho que no te daré nada. Es mi última palabra.

– Estás loca, Avaricia… – dijo la Muerte. Y entonces ordenó a su amiga la Peste que viniera y la Peste se llevó al resto de hombres.

– ¡No me queda nadie! ¡Eres malvada! Podías haber ido a la zona de guerra a por hombres- dijo enfadada la Avaricia.

– Tienes lo que te mereces- dijo la Muerte alejándose.

Entonces, el joven rey preguntó a la Avaricia:

– Y dime, ¿qué buscaban esos hombres que han muerto?

– Esmeraldas para la corona del príncipe- respondió encogiéndose de hombros la Avaricia.

El día de la coronación

Y el muchacho despertó dando un grito, y ya no pudo dormir más. Se quedó pensativo hasta que un mozo llamó a la puerta:

– Es el día, majestad. El día de su coronacion.

Entonces, entró con un lujoso traje, un hermoso cetro y una impreionante y majestuosa corona.

– No- dijo él- ¡No me pondré nada de esto! ¡Llévatelo! Ha sido creado por el dolor y la muerte.

El joven mozo pensó que había enloquecido.

– Pero… majestad… tiene que usar esto para la coronación…

El chambelán intentó persuadirlo:

– Majestad, tiene que ponerse la ropa que encargamos. ¿Cómo sabrá la gente que es el rey si no la lleva?

El muchacho le contó sus sueños, pero el chambelán respondió:

– Es un sueño, nada más que eso. No son cosas reales…

Iré con mis ropas verdaderas, las que usaba cuando era cabrero. Yo sigo siendo un príncipe. ¿Qué importa la ropa que lleve?

Y aunque intentaron convencerle, el príncipe se vistió con su antigua ropa. Un pantalón marrón, una camisa blanca y un chaleco de lana. Buscó una rama fuerte que haría de cetro y arrancó una ramita de laurel para usarla como corona.

Uno de los pajes, maravillado por su intención, le siguió. Entonces, partió hacia la catedral vestido de esa forma, junto al joven paje. Los nobles, al verle pasar, decían:

– Señor, todos esperan ver a un rey, no a un cabrero…

Pero él seguía, sin importar sus palabras. El pueblo, al verse pasar, murmuraba:

– ¡Será el bufón del rey!

El príncipe entra en la catedral

– No, soy el rey- dijo entonces él. Y les contó sus tres sueños. Pero, lejos de entenderlo, ellos dijeron:

– ¿Acaso no sabes que gracias a los lujos de los ricos, nosotros los pobres tenemos trabajo? ¿Quién piensas que nos alimenta?

– ¿No son los ricos y los pobres hermanos?- preguntó entonces el príncipe.

– Sí, los son- respondió alguien entre la multitud- Y el hermano rico es Caín.

Y el joven príncipe lloró y siguió adelante, hasta llegar a la catedral. El joven paje ya no le seguía. Se quedó con la multitud, por miedo a ser señalado.

Ya allí, en la catedral, el obispo le preguntó:

– Hijo mío… ¿son acaso estas las vestiduras de un rey? No es hoy un día de humillación, sino de gozo…

– ¿Podrá el Gozo vestir lo que el Dolor ha formado?

Y diciendo esto, le contó sus tres sueños.

– Sé que en la Tierra existe el mal, y que se hacen cosas malas- dijo el obispo- Pero, ¿puedes tú impedir esas cosas? ¿Obedecerá el mal tus órdenes? No pienses más en esos sueños El peso del mundo es demasiado para un solo hombre. El dolor del mundo es demasiado grande para que pueda soportarlo un solo corazón.

El joven rey, algo enfadado, subió hasta el altar y dijo:

– ¿Hablas así en esta Casa?

Y el joven fue coronado rey

Y el muchacho inclinó la cabeza para rezar. En ese momento, un tumulto llegó desde la calle. Pesados guerreros abrieron la puerta, con intención de matar a un príncipe que no les correspondía.

– ¿Dónde está el soñador? ¿Dónde ese rey vestido de mendigo que afrenta nuestro linaje?

Y el muchacho les miró con tristeza. Y en ese momento, los rayos de sol se colaron por la vidriera, e incidieron de lleno en el joven príncipe. Un halo blanco y brillante le cubrió por completo y de la rama que sujetaba en la mano comenzaron a nacer lírios, de la corona, enormes rosas rojas, y todo el tejido de su ropa pareció brillar como si fuera de oro.

Se erguía allí, en el altar, con un bellísimo traje de rey. El órgano comenzó a sonar y el coro de querubines entonó una hermosa melodía. El pueblo, aterrorizado, se arrodilló. Y los soldados dieron un paso atrás. El obispo palideció, y acercándose a él, dijo:

– Nada tengo que hacer ya. Uno más grande que yo te ha coronado.

El rey entonces bajó del altar y se dirigió de nuevo a su palacio. Ninguno se atrevía a mirarle a la cara, pues su tez resplandecía como la de un ángel.

(Adaptación escrita por Estefanía Esteban)

Reflexiones sobre este cuento de Oscar Wilde

Que la injusticia y el dolor del mundo no se convierta en algo normal y asumible. Que podamos ser capaces de enfrentarnos a ella y rechazarla. Estos parecen ser dos de los mensajes más importantes de este increíble cuento. Pero hay más:

Quien es capaz de captar la belleza, también verá el dolor: y la injusticia, el mal… Unos ojos sensibles que captan la belleza de lo que la bondad y todo lo bueno del hombre creó, también será capaz de vislumbrar el lado extremo. El protagonista de nuestra historia era capaz de estar horas frente a un cuadro, deslumbrado por la maravilla que había creado un hombre.

Pero sus ojos, que eran limpios y puros, que no se habían todavía acostumbrado a los lujos ni a los defectos de la clase rica, pudieron ver escondida, tras la belleza, el dolor y el sufrimiento que se había necesitado para llevar el lujo hasta sus manos. No nos acomodemos, parece decir esta historia, ni nos rindamos sin más ante los lujos. Aceptemos solo esa belleza que nace de la bondad y de la justicia, no la que surge del dolor y el sufrimiento de otros.

Un rey justo al que no estaban acostumbrados: hasta entonces, ningún rey se había parado a pensar en si el mundo era justo o no. Y es un simple cabrero, un hombre criado en humildad, quien de pronto abre los ojos gracias a tres intensos sueños y descubre que aún existe la injusticia y el dolor. Y lo que es más importante: no lo acepta. Dice No a esa injusticia. Dice No a ese mundo. Y prefiere ir contra corriente aunque los propios pobres piensan que es el único mundo al que pueden aspirar.

Más reflexiones sobre este cuento

Un loco soñador: al final de esta historia, los soldados, dispuestos a matarle, le llaman ‘loco soñador’. Los sueños ¿son propios de los locos? Muchas veces, a aquellos que no piensan como el resto, que deciden ir en contra de lo más común, les llaman ‘locos’. Y de hecho, les consideran peligrosos, ya que con su ‘locura’ pueden arrastrar a otros. Sin embargo, los locos a veces son los más cuerdos, y al final el resto no puede hacer más que darles la razón, tal y como sucedió en esta historia.

Un mundo mejor sí es posible: el final de este sorprendente cuento es una luz de esperanza, un símil con la historia de Jesucristo, encarnado de forma literaria en esta historia corta. El cabrero representa al ‘mesías’ que viene a cambiarlo todo, y sobre todo, a decir a su pueblo que pueden luchar por un mundo más justo, que pueden decir no al dolor y a la opresión, que un rey no tiene por qué lucir ricos vestidos ni un pobre morir trabajando para un rey.

El paje que le seguía y luego le dejó, abrumado por la muchedumbre, representa a San Pedro, que aún siendo el discípulo más fiel de Jesucristo, le negó tres veces por miedo a lo que hicieran con él. Y el obispo representa a Pilatos, que decidió ‘lavarse las manos’ y dejar en manos de otros la decisión final.

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El fantasma de Canterville

– Las consecuencias del amor trágico en El ruiseñor y la rosa: ¿de verdad merece la pena sufrir tanto por amor? ¿Y si el amor miente? ¿Y si no es verdadero? Son algunas de las preguntas que el escritor se plantea en este cuento.

– No es amistad la que pide y pide sin parar, El amigo fiel: es cierto que el amor es desinteresado, que se da sin esperar nada a cambio. Pero un amigo sabe que para que sea recíproco, debe corresponder a la generosidad del otro. De lo contrario, no es amistad, sino puro interés.

– Sobre la penitencia por los remordimientos en El fantasma de Canterville: narrado en forma de humor, este cuento esconde en realidad un trasfondo espiritual muy profundo y doloroso. Nos habla de las consecuencias del mal y de la pena o castigo que imponen los remordimientos.