Una Navidad en Nueva York. Cuento para adolescentes

Este cuento, ‘Una navidad en Nueva York‘, es ideal para niños más mayores y adolescentes. La protagonista es una niña de 13 años que visita por primera vez la ciudad de sus sueños junto con su familia, y lo hace en una de las épocas más especiales y luminosas, la Navidad. No te pierdas este relato repleto de sorpresas, que además de resaltar la importancia de los viajes en familia, también se centra en valores esenciales como el de la amistad.

El cuento Una Navidad en Nueva York

Un cuento de Navidad: Una Navidad en Nueva York
Una Navidad en Nueva York, un cuento para adolescentes

Laura se dio unas cuantas vueltas más en la cama, antes de ser consciente de que no estaba en casa. Se restregó los ojos con cuidado, para luego abrirlos, y comprobar que no estaba soñando. No, su sueño…¡se había hecho realidad!

Sentada en la cama, recordó que la tarde anterior, habían volado a New York papá, mamá, su hermano Miguel y ella, y lo habían hecho en la época del año, que más ilusión le hacía, ¡en Navidad!, cuando la gran ciudad se llena de luces de colores, de Santa Claus por todas las avenidas, y de los villancicos que van cantando los animosos miembros del Ejército de Salvación, que cuando descansan, hacen sonar sus campanas, pidiendo donativos para los más desfavorecidos.

Precisamente se los habían encontrado haciendo un corrillo, la noche anterior, a su salida del clásico taxi amarillo, cuando llegaron al Hotel. Como ella había abierto la hucha, pensando que la ocasión lo merecía, se aproximó para ofrecerles su humilde aportación, pero las campanillas repicaron en su honor, como si hubiera entregado cien dólares, al tiempo que se multiplicaron los “thank you señorrita”, pues adivinaron su origen hispano. Eso la dejó admirada, pero luego, más tarde, comprendería que la ciudad es casi bilingüe, dado el gran número de hispanohablantes que la habitan, se podían encontrar muchos carteles en castellano, aunque lógicamente, el idioma prioritario fuera el inglés.

El recepcionista del hotel, también les recibió en un casi perfecto español, y el muchacho que les ayudó a subir las maletas, tenía un marcado acento mexicano.

– Ja- comentó Miguel-, me parece que nos va a costar practicar el inglés-. Y todos se rieron.

Una sorpresa añadida

Pero eran unos suertudos por poder pasar allí esas navidades, volvió a pensar Laura, mientras se estiraba en la cama. Al parecer todos dormían, no se escuchaba ruido alguno, así qué, sigilosamente bajó de la cama y se acercó a un ventanal, descorriendo las gruesas cortinas con cuidado, y ¡oh sorpresa!, descubrió que estaba nevando. Le entró tanta emoción, que tuvo que pellizcarse para comprobar que estaba despierta, y sí, lo estaba, ¡vaya si lo estaba!

Para mayor alegría, comprobó que desde allí podían contemplar Central Park, y se estaba empezando a cubrir de nieve, ¡que maravilla!, ni en sus mejores sueños, habría imaginado algo así. Luego pensó, ‘mira que sí se montaba un temporal como el de “Filomena”, hacía unos inviernos, en Madrid’… Pero luego desechó la idea, mejor que no, menudo problema para volver a casa.

De pronto, sintió una mano en su hombro, y escuchó la voz de mayor que se le había puesto a Miguel, preguntando:

– ¿Cuándo se desayuna aquí?, porque desde el sándwich que nos dieron en el avión, se me ha quedado el estómago vacío.

– Sólo piensas en comer… Mira, ¡que está nevando, que estamos enfrentito del Central Park!- dijo Laura.

– ¡Ah!, estupendo, pero yo tengo hambre.

Aquella mañana resultó prodigiosa. Salieron bien abrigados, con sus gorros, bufandas y guantes de lana a desayunar a una cafetería que hacía esquina con la Quinta Avenida, y se pusieron hasta arriba de muffins y gofres con chocolate.

Después pasearon por las calles repletas de Santa Claus, por los lugares donde rodaron la película “Sólo en casa”, y algunas otras, y a ver los escaparates de Tiffany & Company, donde rodaron “Desayuno con diamantes”, que le hacía mucha ilusión a su madre. 

Una Navidad en Nueva York: un día completo

Después, cogieron el Metro e investigaron otros barrios algo más alejados, admirándose de que en algunos comercios, había carteles con la leyenda: ‘Se habla inglés’, lo cual les causó asombro. En uno de ellos, que por supuesto, hablaban español, comieron estupendamente, arroz a la cubana, y una tarta de piña que estaba buenísima.

Al salir, tomaron un taxi, pues su padre les dio otra sorpresa: ¡había sacado entradas, con muchísima antelación, para asistir al ballet de Cascanueces, típico de esas fechas! No se lo podían creer, se tiraron a su cuello para abrazarle.

La función resultó extraordinaria, y al salir, todavía les quedaba la visita de postal navideña, de la Plaza Rockefeller, con su gran árbol encendido, repleto de luces de colores, y con la pista de patinaje a tope. Había una larga cola de personas, con los patines al cuello, esperando turno. Laura contemplaba las vueltas de los patinadores, con un poco de envidia, pero su padre le comentó al oído, que no se preocupara, que en Central Park, cerca de su Hotel, también había una gran pista de patinaje, y allí no habría que esperar tanto para poder entrar. Una enorme sonrisa, fue la respuesta.

Por las calles, había mercadillos y puestos callejeros de comida, perritos calientes y comida de ese estilo, así que decidieron cenar así. ¡Tenía que ser un día típicamente neoyorkino!

Esa noche, durmieron como troncos, pero felices cual perdices, no podían haber imaginado un día mejor. 

El muñeco de nieve

Al día siguiente, volvió a nevar. Central Park lucía bellísimo con aquella capa blanca cubriendo sus árboles y paseos, decidieron abrigarse aún más, con sus camisetas térmicas, y las orejeras que compraron el día anterior, lanzarse a recorrerlo, y patinar en su pista de hielo.

Se hicieron cantidad de fotos para el recuerdo, y al llegar a un  promontorio, donde había mucha nieve acumulada, a Miguel se le ocurrió la feliz idea de hacer un muñeco ¡tan grande, como Filomeno!, el que hicieron en Madrid, cuando la famosa tormenta. A todos les pareció bien, y se pusieron manos a la obra.

Laura encontró unas ramas muy apropiadas para los brazos, y papá se fue a comprar una gran zanahoria  para la nariz. Mamá aportó unos botones negros, que por casualidad, llevaba en el bolso, para los ojos, y con una hoja que pintaron de pintalabios, le apañaron la boca. Cuando lo terminaron, se sintieron muy satisfechos, y en una de las ramas que le servían de brazos, le clavaron un papel con su nombre, ” FILOMENO”

Estaban haciéndose una foto con él, cuando una jovencita rubísima se les acercó y comenzó  aplaudir, mientras exclamaba:

– ¡Beautiful!

Luego sonriendo, les preguntó que si eran españoles, y al recibir respuesta afirmativa, se aproximó a Laura,  ya que parecía de su edad, y en un chapurreado castellano, volvió a preguntar:

– ¿Y de dónde?

– De Madrid- respondió Laura.

– ¡Oh!, que bien, yo querer poder visitar, algún día, esa bonita capital, Museo del Prado, Thyssen, la Cibeles, sus parques, sus palacios…- Y al decirlo, cerraba los ojos, evidenciando su ensoñación. 

Una Navidad en Nueva York… y una nueva amiga

A Laura le cayó muy bien, y enseguida entablaron conversación, mitad en inglés, mitad en español. Susan,(que así se llamaba la muchacha), se ofreció para ser su “tour guide”, para enseñarles los lugares más típicos de su ciudad, los imprescindibles en Navidad.

Y a la tarde, a la hora fijada, allí estaba Susan puntual como un clavo, esperándolos. Les llevó a ver escaparates espectaculares, muy adornados: Barneys, Bloomingdale’s, Macy’s, Saks-Fifth Avenue, Times Square…. para terminar dando un paseo en bus, por el barrio más adornado de luces navideñas, el que suele aparecer en las películas: Dyker Heights, en Brooklyn.

Laura y Susan se hicieron amigas, pues descubrieron que tenían muchos intereses comunes: las dos jugaban al voleibol, les gustaban las películas de abogados, y sobre todo, las dos sentían atracción hacía el idioma de la otra. 

Cuando se despidieron, Susan les propuso  quedar al siguiente día, ¡Navidad!, para ir a la celebración solemne, en San Patrick’s Catedral, donde ella acudiría con su familia.

– Por supuesto, allí nos veremos- contestó el papá, y todos aplaudieron.

Aquella misa de Navidad, resultó preciosa. El coro de niños y jóvenes, cantaban de maravilla, y la familia de Susan, resultó tan encantadora como ella. Laura y ella, se intercambiaron unos libros, para Laura en inglés, y para Susan en español.

Las jóvenes prometieron escribirse. A Susan le llegarían las cartas en inglés, y luego respondería en español, corrigiendo, si hubiera algún error en la carta recibida. Y Laura prometió hacer a su vez lo propio, con el castellano de su amiga.

El siguiente día dieron un largo paseo, luciendo los nuevos gorros y guantes que les había traído Santa, y al despedirse, con alguna lagrimilla en los ojos, prometieron  volverse a encontrar en Madrid. 

Aquella Navidad, resultó inolvidable.

© Escrito por María Luisa Lopez Sánchez

Reflexiones sobre el cuento Una Navidad en Nueva York

Viajar y hacerlo en familia (y encima en Navidad), puede ser una experiencia única (y enriquecedora). Es lo que le sucedió a la protagonista de esta historia, Laura, que de pronto vio cumplido el mayor de sus sueños y se ‘llevó’ de regalo además de una gran experiencia, una nueva amiga:

La Navidad, un momento especial para la familia: Sin duda, es la época más especial del año. Un momento en el que valores como la generosidad, la caridad o la amistad, cobran un especial protagonismo. La Navidad es un momento para estrechar los lazos familiares, hacer realidad algún sueño pendiente y saborear cada minuto como si fuera único. Una celebración que se vive en familia y con las personas más cercanas.

Los viajes, una experiencia enriquecedora: Conocer otros lugares, otras culturas, nos enseñan a ser más tolerantes y respetuosos, a valorar más allá de lo que tenemos, a ser conscientes de lo enriquecedor que puede ser tomar contacto con otras formas de ver la vida. Los viajes son experiencias que enseñan más que los libros, ¿no crees?

La amistad, el mejor regalo: Nueva York fue para nuestra protagonista algo más que un sueño hecho realidad. Se llevó además un regalo de Navidad con el que no contaba. El mejor que podía haber recibido: el de la amistad. Susan se convirtió desde ese momento en una gran amiga con la que practicar un idioma y mantener lazos en la distancia.

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María Luisa López Sánchez
María Luisa López Sánchez
Madre de familia y abuela. Apasionada de la literatura y escritora.

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