Este divertido cuento infantil, ‘La guerra de los yacarés’, nos habla de determinación ante los problemas, de esfuerzo, perseverancia y cooperación. Aquí encontrarás una adaptación del cuento para niños de Horacio Quiroga, y tras el cuento, unas reflexiones finales sobre los mensajes que transmite.

El cuento infantil ‘La guerra de los yacarés’

La guerra de los yacarés, un cuento para niños con valores, de Horacio Quiroga
‘La guerra de los yacarés’, un cuento infantil con valores

Vivían unos yacarés (unos cocodrilos caimán) junto a un río en un desierto que el hombre no conocía. Y allí eran felices. Comían peces en el río, dormían tranquilos la siesta… Nunca discutían y llevaban una vida sin sobresaltos. Hasta que un buen día, o mejor dicho, una tarde, la siesta de los yacarés fue interrumpida por un ruido que no habían escuchado nunca.

Uno de los yacarés se despertó sobresaltado y vio a lo lejos, por el río, una mancha de humo gris.

– ¡Despertad, compañeros! ¡Algo pasa!

Los demás despertaron, también los yacarés pequeños, que enseguida comenzaron a sentir miedo.

– ¿Qué será eso?- preguntó uno de los yacarés adultos.

– Parece una ballena– dijo entonces el yacaré más anciano y sabio, al que solo le quedaban unos pocos dientes en los costados de la boca- Yo una vez vi una ballena y era gris, grande y echaba agua hacia arriba.

– ¿Y es peligrosa? – No, qué va. Es inofensiva…

Pero el ruido era cada vez mayor, y el humo gris se tornó en humo negro, y los yacarés entonces, asustados, se metieron en el agua en la orillita del río, tanto, que solo asomaban los ojos y el hocico.

Entonces lo vieron: un barco de vapor que hacía un ruido espantoso. Pero pasó de largo, y los yacarés salieron del agua.

El problema de los yacarés

– ¡Nos mentiste, viejo yacaré!- dijeron enfadados los más jóvenes al más anciano- ¡No era una ballena!

– No, cierto… Es un vapor, un barco, pero es mucho peor, porque moriremos todos por su culpa.

– ¿Morir? ¿Por qué? ¡Si pasó de largo!

– Porque pasará todos los días… y nos quedaremos sin comida.

Los yacarés se acercaron entonces al río y vieron, con asombro, que no había peces. ¡Se había ido!

– Los peces no vendrán porque se asustan con el ruido del barco…

– ¿Y qué podemos hacer?- preguntaron los yacarés jóvenes.

– ¡Construyamos un dique!

– ¡Sí, eso es, un dique!- repitieron eufóricos los jóvenes.

Y durante todo el día y toda la tarde, los yacarés se dedicaron a cortar troncos de árboles para tenderlos a lo ancho del río. Así, al día siguiente, cuando llegó el vapor, paró al ver el dique y dijo a los yacarés:

– Muy bonito… ¿Podrían quitar ahora mismo ese dique, yacarés? No podemos pasar.

– Ni queremos que pasen- respondió uno de los yacarés.

– ¿No lo van a quitar?

– No

– Muy bien, pues ya regresaremos.

La guerra de los yacarés

Los yacarés gritaron de contentos, pensando que habían ganado la batalla, pero al día siguiente, escucharon un ruido diferente. No era un vapor lo que se acercaba por el río, sino… ¡Un buque de guerra!

Le bastó un solo disparo para acabar con el dique que habían construido. Luego, siguió el camino, mientras los marineros hacían burla a los yacarés.

– ¡Hagamos uno más grande y más fuerte!- dijo el yacaré anciano.

Y todos se unieron en el proyecto. Cortaron troncos más fuertes y construyeron un dique mucho más robusto. Al día siguiente, el buque de guerra al llegar al dique, dijo:

– ¿Otra vez el dique?

– Sí, otra vez- respondieron los yacarés.

– ¿Y no lo vais a quitar?

– No.

– Muy bien, pues lo destruiremos..

Y el buque apuntó de nuevo contra el dique. La primera granada destrozó algunos troncos del centro. La segunda, los de un extremo. Le bastó una tercera granada para destrozarlo entero. Y de nuevo siguió su rumbo, con los marineros haciendo burla a los yacarés.

– ¿Qué podemos hacer? ¡Moriremos de hambre!- dijo uno de los yacarés más jóvenes.

– Aún tenemos una última esperanza- dijo entonces el yacaré viejo- ¡El surubí!

Cómo detener al acorazado

El surubí era un pez enorme que vivía en una gruta del río. Tenía amistad con el yacaré viejo porque una vez nadaron juntos hasta el mar, pero desde que un yacaré se había comido por error a su sobrino, les retiró la palabra. Pero el surubí guardaba un torpedo en la gruta. Lo encontró en la desembocadura del río en el mar, y lo guardaba como un tesoro.

– Si nos presta su torpedo, podremos destruir el acorazado- dijo el anciano yacaré.

– No querrá. Recuerda que nos comimos a un sobrino suyo…

– Conmigo seguro que hablará. Soy su amigo.

Y allá que fueron los yacarés en busca del surubí. Descansaba en su gruta, junto al torpedo. Y se sobresaltó al ver que llegaban los yacarés.

– ¿Qué hacéis aquí? ¡No hablo con yacarés!

– Soy yo, surubí, tu amigo… – dijo el yacaré anciano.

– ¡Eres tú! Bueno, contigo haré una excepción.

– Necesitamos tu ayuda, eres nuestra última esperanza… Un buque de guerra destruye nuestros diques. No queremos que pase porque los peces se han ido y tenemos hambre, mucho hambre…

– ¿Y necesitas mi torpedo?

– Sí, eso mismo.

– Pero, ¿sabes usarlo?

– No, eso no…

– Está bien, os ayudaré. Debemos llevar el torpedo entre todos con mucho cuidado.

El torpedo del suburí

Y los yacarés se pusieron en fila, haciendo una cadena, por el río, para llevar el torpedo flotando con mucha delicadeza. Y ya cuando llegaron a la orilla del río, construyeron un nuevo dique, muy robusto, y el surubí se escondió con el torpedo en la orilla.

Llegó el buque de guerra al día siguiente y de nuevo pararon ante el dique.

– ¿Otra vez? ¿No os cansáis de hacer el ridículo? Al final cargaremos contra vosotros también, sobre todo contra ese viejo al que solo le quedan dos dientes.

– Ten cuidado- respondió el yacaré anciano- No sea que al final termines siendo mi bocado…

Y el capitán se rió, al tiempo que ordenaba apuntar al dique con el cañón. La primera granada hizo un boquete en el centro del dique. Justo lo que el surubí quería… Aprovechó este hueco para colocar centrado el torpedo, y cuando ya tenía a tiro al buque, antes de que éste lanzara su segunda granada, activó el sistema del torpedo y lo lanzó de lleno hacia el acorazado.

Los marineros al verlo llegar, gritaron horrorizados, pero apenas tuvieron tiempo de saltar al agua. El buque voló en pedazos, y muchos marineros también, incluido el capitán vanidoso, que tal y como había predicho el yacaré viejo, acabó entre los pocos dientes que le quedaban.

– Mi amigo nunca falta a su palabra- dijo entre risas el surubí.

Ya no volvieron a pasar por allí más buques de guerra. Los peces volvieron y los yacarés dejaron de pasar hambre, y hasta se acostumbraron a ver pasar de vez en cuando a algún vapor cargado con ricas naranjas.

Qué puedes trabajar con este cuento infantil

Utiliza este cuento infantil para hablar de:

– Resolución de problemas.

Vanidad.

Cooperación.

– Justicia.

Reflexiones sobre el cuento La guerra de los yacarés

Ante la amenaza, la lucha, una lucha sin tregua y con bastante ingenio. Y si eso no es suficiente, siempre nos quedará la ayuda de los buenos amigos:

Nunca rendirse: Llámalo instinto de supervivencia, pero cuando el hambre aprieta, la lucha por sobrevivir puede llevarnos a perseverar hasta el final. Los yacarés pensaron con inteligencia cómo solucionar su problema. Si conseguían echar de allí a los barcos, los peces volverían. Su idea era buena, pero el enemigo era muy fuerte, así que tuvieron que esforzarse mucho y perseverar. ¿Se rindieron? ¡No! Buscaron una y otra solución. Lo intentaron una y otra vez.

Cuándo pedir ayuda: Solo cuando los yacarés se dieron cuenta de que solos no podrían contra ese poderoso enemigo, decidieron pedir ayuda. Y es que a veces es necesario contar con ‘refuerzos’. Los amigos están ahí justo para ayudarnos en los momentos más difíciles (y un amigo lo será siempre a pesar de las pequeñas rencillas del pasado). Así, gracias a la ayuda del surubí, los yacarés pudieron derrotar definitivamente al hombre.

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Estefania Esteban
Estefania Esteban
Periodista y escritora de literatura infantil.

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