El paso del Yabebirí. Cuento infantil sobre la cooperación

Este precioso cuento infantil de Horacio Quiroga, ‘El paso del Yabebirí’, nos presenta una tierna historia de bondad, gratitud y sobre todo, solidaridad, cooperación y unión ante la adversidad. Una historia en la que las protagonistas son unas rayas que buscan la manera de proteger a aquel que un día les ayudó. 

Un precioso cuento infantil sobre cooperación y gratitud: El paso del Yabebirí

El paso del Yabebirí, un cuento con valores
El cuento ‘El paso del Yabebirí’

El río Yabebirí está llenito de rayas. Es precisamente lo que significa el nombre del río. Pero además hay peces, muchos peces, de todos los tamaños. Los hay grandes y chicos. Y muchos pescadores, acudían hasta allí para cazarlos con dinamita. Aunque de esta forma, morían peces grandes y pequeños. Y estos últimos, no les servían de nada. 

Las rayas estaban hartas de que los hombres pescaran allí con dinamita, así que en cuanto entraba alguno en el río, les clavaban el aguijón. ¡Menudo dolor sentían! Salían cojeando y pecando aullidos. 

Pero un buen día, llegó hasta allí un hombre bueno. Construyó una cabaña a orillas del río, y consiguió echar a los pescadores que usaban dinamita. 

– ¡No podéis matar así a los peces!- les dijo. 

Las rayas y las doradas estaban muy agradecidas, y adoraban a aquel hombre. Tanto es así, que las rayas se apartaban de la orilla para no hacerle daño cada vez que él entraba en el río. 

El hombre, perseguido por los tigres en el paso del Yabebirí

Ocurrió que un día, el zorro llegó corriendo hasta el Yabebirí, y les dijo a las rayas: 

– ¡El hombre está herido! ¡El tigre le quiere matar y vienen hacia aquí! 

– ¡Oh, no!- gritaron las rayas- ¿Y qué podemos hacer? ¡No podemos dejar que le haga daño! 

– Tened cuidado, rayas, que al fin y al cabo es el tigre… – les avisó el zorro. 

Entonces vieron llegar al hombre, muy malherido. Apenas podía caminar. Tenía muchas heridas abiertas y perdía sangre. Entró en el agua y las rayas se apartaron para que pudiera pasar, y vieron cómo el hombre caía contra el suelo ya en la otra orilla. Y de pronto oyeron el rugido del tigre, y le vieron a lo lejos. Venía corriendo y también sangraba. 

– ¡Quiere matar al hombre! ¡Debemos impedirlo!- dijo una de las rayas- ¡En cuanto entre en el agua, todas a por él! 

El tigre llegó a la orilla y vio el movimiento de las rayas. El agua estaba turbia. 

–  ¡Apartaros, rayas! ¡Dejadme pasar! Debo matar al hombre que me ha herido. 

– ¡Nunca! No pasarás. El hombre es nuestro amigo.

– ¿Sí? ¿Y qué vais a hacer para impedir que pase? 

El tigre metió las patas delanteras en el agua, e inmediatamente las rayas le clavaron sus aguijones. El tigre sintió como si unos clavos le atravesaran las pezuñas. Aullaba de dolor y se echó para atrás. Pero entonces se dio cuenta de que las rayas estaban en la orilla, y se le ocurrió una idea para pasar el río. Se echó para atrás para tomar impulso. Si saltaba al centro del río, las rayas no le podrían atacar… 

Pero había subestimado la inteligencia de las rayas, que al ver al tigre retirarse, se dieron cuenta de lo que tramaba. 

– ¡Corran, rayas, al centro del río!- dijo una de ellas. 

La tigresa llega en su ayuda 

El tigre dio un gran salto y aterrizó justo en la mitad del Yabebirí. Respiró triunfante al notar que ahí no había rayas. Fijó su mirada en el hombre tendido en el suelo. Pero justo cuando iba a avanzar, de nuevo un ejército de agujas se clavaron en sus patas. Las rayas le empujaban hacia atrás. El tigre, muerto de dolor, salió del río. Apenas podía moverse por el veneno de las rayas. 

Pero entonces llegó su pareja para ayudarle, la tigresa

– ¿Qué sucede? ¿Por qué nos impiden el paso del Yabebirí?- preguntó enfadada. 

– No pasaréis. ¡Nunca! El hombre es nuestro amigo

– ¿Y qué haréis para impedirme el paso?- preguntó la tigresa mientras entraba en el agua. 

Inmediatamente, sintió la picadura de una raya entre los dedos. 

– ¡Ah! ¡Malditas rayas!- gritó enfurecida la tigresa. 

Pero entonces tuvo una idea, y se fue cojeando río arriba. 

– ¡Cuidado! ¡La tigresa quiere pasar a la otra orilla por otro paso del río! 

– ¿Y qué haremos?- preguntó otra raya- ¡Nosotros somos muy lentas nadando

– Nosotras sí, pero las doradas son rápidas… 

Entonces llamaron a las doradas y les pidieron ayuda. Ellas también estaban muy agradecidas con aquel hombre, así que accedieron encantadas.

Llevaron sobre sus lomos a las rayas río arriba, y llegaron justo a tiempo de impedir que la tigresa llegara al otro extremo de la orilla. 

– ¡Ah!- gritaba de dolor el animal al notar de nuevo los aguijones de las rayas. 

En busca del carpinchito

Al salir, tenía las patas hinchadas y apenas se podía mover. Pero al rato se incorporó y ya junto al tigre, se adentraron en la selva. 

– ¿Qué haremos ahora? ¡Van a regresar!- dijo asustada una de las rayas. 

– Sí, y vendrán con muchos otros tigres y conseguirán pasar… – añadió otra. 

¡Ni nunca!– gritaron las más pequeñas- ¡No dejaremos que pasen! 

– ¿Y si consultamos con el hombre qué hacer?- dijo al fin una de las rayas. 

Entonces fueron hasta donde estaba el hombre, aún tendido en el suelo, y le contaron lo que había pasado y cómo habían defendido el paso del río. El hombre acarició con cariño a las rayas que tenía más cerca y dijo: 

– No hay remedio, los tigres pasarán si quieren hacerlo… 

– ¡Ni nunca! ¡Eres nuestro amigo!- volvieron a gritar las rayas pequeñas. 

– Si tuviera mi escopeta… podría asustarlos. Pero no la tengo, está en casa, y no puedo moverme hasta allí. Aunque… tengo un amigo que tal vez pueda… El carpinchito, el roedor… 

– ¡Lo conocemos!- dijeron las rayas pequeñas, que eran muy sociables y conocían a todos los animales del lugar. 

– Si alguien le da un mensaje mío, se acordará de mí y nos ayudará. Y con ayuda de un palo y su propia sangre, el hombre anotó en una hoja grande lo siguiente: ‘ Por favor, trae mi escopeta y 25 balas de mi casa’. 

Las doradas nadaron veloces, procurando que la hoja con el mensaje no tocara el agua, en busca del carpinchito. Y en seguida se escuchó en todas partes un terrible rugido que venía de la selva. Decenas de tigres caminaban hacia el río.

La gran batalla del paso del Yabebirí

– ¡Corre!- dijo una raya a las doradas- ¡Avisad a todas las rayas de todo el río para que estén preparadas a lo largo de la orilla. Que no quede ni un tramo sin rayas en todo el Yabebirí. 

Y las doradas se fueron nadando a toda velocidad río arriba y río abajo en busca de rayas. En nada de tiempo, el río era un hervidero de rayas que agitaban el agua. Los tigres se acercaron. 

– ¡Abran paso!- gritaron furiosos. 

– No hay paso- respondieron las rayas. 

– ¡Paso, repito! 

– ¡Que no hay paso! 

– No quedará raya ninguna en este río, ni hijo de raya ni nieto de raya como no nos den paso… 

– Puede, pero no hay tigre ni hijo de tigre ni nieto de tigre ni tigre en todo el planeta que vaya a pasar por aquí…

 – ¡Ni nunca!- añadieron a gritos las rayas pequeñas. 

Y entonces, comenzó la batalla, la terrible batalla del paso del Yabebirí: los tigres saltaron al río y empezaron a pegar zarpazos contra las rayas, que se defendían a aguijonazo limpio, volando por encima del agua. Pero eran muchos tigres, y muy furiosos, y muchas rayas murieron en el combate. Los tigres, renqueantes, terminaron saliendo del agua. No pasó ninguno, pero dejaron a las rayas cansadas y malheridas. Una de ellas se acercó al hombre: 

– No sé si resistiremos otro ataque de los tigres como este… Muchas han muerto… 

La ayuda del carpinchito

– Dejad que pasen, no hay remedio- dijo el hombre. 

– ¡Ni nunca!- gritaron las rayas pequeñas. 

Los tigres se pusieron de pie y se lanzaron al agua de nuevo. Las rayas aguantaron todo lo que pudieron, pero los tigres avanzaban más y más y ya cuando pensaban que iban a perder la batalla, apareció por el río el carpinchito, con el rifle sobre la cabeza en equilibrio. 

¡Qué contento se puso el hombre al verlo! El carpinchito le ayudó a incorporarse de costado, y justo cuando uno de los tigres se lanzaba a por él, le asestó un disparo certero.  El tigre cayó muerto. Y el siguiente, y el siguiente del siguiente… Aquello duró solo un par de minutos, y todos los tigres murieron. 

Las rayas gritaban de contentas, y el hombre, agradecido por aquel acto heroico de estos animales, se quedó a vivir allí para siempre. Las rayas en seguida tuvieron muchos hijos y el río volvió a llenarse de ellas. Y nunca dejaron de narrar al resto de peces esta historia, la de una batalla en la que ganaron ellas, contra el todopoderoso tigre. 

Qué temas puedes trabajar con el cuento El paso del Yabebirí

Utiliza este cuento para niños de Horacio Quiroga para reflexionar sobre:

  • El sentimiento de gratitud.
  • La solidaridad.
  • El valor de la perseverancia.
  • La cooperación. 

Reflexiones sobre este cuento infantil 

Una sola raya no hubiera podido parar al tigre, pero todas juntas, consiguieron algo realmente sorprendente. Y es que la unión, ya sabes, hace la fuerza: 

  • Todos a una: las rayas consiguieron una gesta heroica gracias a la unión de todas ellas, y la solidaridad del resto de peces del río. Todas juntas, unidas en una misma causa, se coordinaron y lograron vencer en varias ocasiones a su máximo enemigo. Fueron astutas y previsoras, y supieron adelantarse al ataque del tigre. Características de un buen estratega que consigue mediante una defensa férrea una gran victoria. 
  • Un sentimiento que lleva a las rayas hasta las últimas consecuencias: Las rayas defendían constantemente al hombre movidas por un enorme sentimiento de gratitud hacia él, ya que fue precisamente el hombre quien las defendió y consiguió apartar de allí a los pescadores. Esta gratitud llevó a las rayas a ofrecer hasta su propia vida a cambio de la de aquel que en su día las había salvado y protegido. 
  • ¡Ni nunca!: Este simpático ‘grito de guerra’ de las rayas más pequeñas es en realidad todo un inspirador lema que nos recuerda que debemos perseverar y no rendirnos ante los obstáculos y las adversidades. Resistir hasta agotar las fuerzas, es lo que parecían decir las rayas una y otra vez. 
  • Es bueno tener amigos: El hombre consiguió al final librarse de los tigres y terminar la batalla gracias a un amigo, un pequeño roedor que no dudó en nadar a toda velocidad con la escopeta del hombre para ayudarle. Un amigo está siempre en el lugar adecuado y en el momento preciso. Y siempre llega a tiempo. 

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Estefania Esteban
Estefania Esteban
Periodista y escritora de literatura infantil.

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