La historia del manteo de Sancho Panza y lo que les pasó en la venta

Las historias por las que tuvo que pasar Don Quijote son realmente divertidas. Entre ellas, destaca esta disparatada aventura, ‘Don Quijote en la venta que él creía castillo’, que incluye ‘El manteo de Sancho Panza’. Descubre qué sucedió y por qué salió de ella peor de cómo entró.

La divertida aventura de Don Quijote en la venta que él creía castillo

El manteo de Sancho Panza y la venta que Don Quijote creía castillo
‘Don Quijote en la venta que él creía castillo’ y el manteo de Sancho Panza

Tras la batalla con los yangüeses, con el cuerpo molido a palos, Don Quijote y Sancho Panza llegaron a una venta que el hidalgo creyó ver como un fastuoso castillo.

El dueño de la venta se asustó al ver entrar a Don Quijote a lomos del burro:

– Pero buen hombre… ¿Qué le ha pasado? ¿De dónde viene?

– Tuvo mi señor una caída… Si pudiéramos alojarnos aquí, le estaríamos muy agradecidos…

– Claro, por supuesto. Mandaré a las mujeres que le curen las heridas.

El dueño de la venta llamó a su mujer, una doncella muy caritativa a la que Don Quijote creyó ver como la hija del dueño del castillo. Trabajaba allí también una asturiana de cuerpo rechoncho y medio tuerta, que ayudó a su ama a hacer las camas para los huéspedes y a preparar un ungüento para las heridas.

Las camas eran viejas y un tanto oxidadas. Las sábanas de duro lino raído y la manta de lana deshilachada. Compartirían habitación además con un arriero (cuyo trabajo estaba relacionado con las bestias de carga), pero en ese momento se encontraba trabajando.

Maritornes cura las heridas de Don Quijote y Sancho Panza

Las mujeres ayudaron a tumbarse en la cama a Don Quijote, y al quitarle los ropajes miraron asombradas las heridas:

– Pero esto más bien parecen golpes de pelea– dijo la asturiana, que se llamaba Maritornes.

– No, que va… es porque mi amo, Don Quijote, cayó por una pendiente con muchas piedras en punta…

– ¿Cómo has dicho que se llama?

– Don Quijote de la Mancha. Es caballero aventurero.

– ¿Y qué es ser caballero aventurero?

– ¿No sabes qué es? Alguien que puede verse a la vez apaleado y emperador, libra aventuras sin par y gana nobleza y riquezas, aunque de momento no encontramos aventuras con ese resultado… Tal vez será porque a veces uno busca algo y encuentra otra cosa.

Y en ese momento, Don Quijote, que lo estaba escuchando todo, miró a la dama y creyó ver una hermosa doncella.

– ¡Oh, hermosa dama! Creed si os digo que vuestra amabilidad será premiada y que jamás permitiré que nada le pase… por honor a mi querida Dulcinea…

– ¿Qué dice este hombre?- preguntó Maritornes sin entender nada.

Pero ella siguió poniendo pomada en los moretones de Don Quijote y luego en los de Sancho, que también le dijo que los tenía, según él, porque al ver sufrir a su amo, él mismo sintió los golpes.

La aventura de Don Quijote en la venta que él creía castillo

Y ahí quedaron caballero y escudero en la cama descansando y se vino la noche encima. Pero por el dolor del cuerpo Don Quijote tenía los ojos abiertos como una liebre, y comenzó a fantasear acerca de su estancia en ese ‘castillo’.

Pensó que Maritorne se había enamorado de él, y que debía explicarle que él no podía corresponderla por su fidelidad a la sin par Dulcinea.

Y resulta que el arriero había quedado esa noche con Maritorne y ella, pensando que ya habría llegado, entró en el cuarto a tientas, con un pequeño candil. Y como Don Quijote seguía pensando que aquella doncella le amaba, al verla llegar, la agarró por la muñeca para atraerla a su lado.

Llevaba la mujer una pulsera de cuentas de vidrio y a él le parecieron hermosas perlas, y el pelo grasiento y sucio, pero a Don Quijote le parecieron hebras de oro… Y acababa de comer la mesonera chorizo y su aliento apestaba a fiambre, pero para Don Quijote era un aroma embriagador y dulce… :

– No sé cómo explicar, bella doncella, que no puedo corresponder su amor

La asturiana, que no entendía nada, intentaba soltarse la mano sin éxito. En esto que entró el arriero, y al ver que Maritorne intentaba deshacerse de un hombre que la tenía aprisionada por la muñeca, gritó:

– ¡Atrás, desgraciado!- y el arriero le dio tal puñetazo a Don Quijote, que hasta saltó sangre de la boca.

La mujer del golpe cayó sobre Sancho Panza, que estaba dormido y del susto comenzó a dar manotazos en el aire. El arriero se puso de pie en la cama del caballero andante y del peso ésta se vino abajo. Aún así, siguió pateándole las costillas.

A esto que el dueño de la venta al oír los gritos, subió corriendo y al ver aquello, se unió a la pelea, buscando a Maritorne para darle un escarmiento, ya que pensaba que ella era el origen de toda la pelea.

Y así, en la oscuridad, todos comenzaron a darse golpes en una escena realmente cómica: daba el arriero a Sancho, Sancho a la moza, la moza a Sancho, el ventero a la moza…

Una pelea que termina muy mal

Y resulta que también dormía allí esa noche un cuadrillero, que al oír los ruidos subió a ver qué sucedía. Se fijó en Don Quijote, que yacía en el suelo sin sentido, y pensó que estaba muerto:

– Favor a la justicia!- gritó mientras se unía a la pelea- ¡Que hay un hombre muerto!

Esto hizo que todos pararan de pronto, asustados ante esas palabras. Todos se retiraron a sus aposentos y el cuadrillero consiguió traer un candil para comprobar que Don Quijote siguiera vivo.

Pasó la noche al fin y a la mañana siguiente dijo Don Quijote a Sancho:

– Qué extraño, mi querido escudero… este castillo debe de estar encantado. Te contaré un secreto y jura no contárselo a nadie.

– Lo juro.

– Me fío de ti, Sancho… Pues resulta que esta noche vino a verle la doncella de este castillo. Es la más hermosa dama que habrás visto jamás… Pues bien, mientras hablaba con ella de amor, de pronto salió de la oscuridad la mano espectral de un gigante y me dio un tremendo golpe inesperado. Y me dio después tal paliza, que estoy hoy peor que ayer. Para mi entender que se trata de un moro guardián de la bella dama.

– Por lo menos tuvisteis la ventura de hablar con una bella dama, pero yo, que no hice nada, recibí tal molimiento que hoy no siento el cuerpo.

– ¿Tú también fuiste golpeado, Sancho? – A fe que sí, y mucho.

En esto que entró con un candil el cuadrillero a ver qué tal estaba el hombre que creyó muerto.

– ¿Qué tal va, buen hombre?- le preguntó.

– Será usted majadero… tratar así un criado a un caballero andante.

El cuadrillero, enfadado, le dio con el candil en la cabeza y salió de allí.

– Para mí que ese era el moro encantado- dijo Sancho.

El cuadrillero, al escuchar esto, pensó que ambos habían perdido el juicio, y se fue.

El mágico bálsamo de Fierabrás

Salió Sancho en busca de algo de romero, aceite, sal y vino, por encargo de su señor, que pensaba en dar con la receta para hacer él mismo el bálsamo de Fierabrás que usaba para ‘resucitar’ tras las batallas. Y una vez elaborado, Don Quijote lo bebió.

Vomitó con estruendo y luego durmió durante tres horas, tras las cuales se levantó como nuevo. Quiso Sancho probarlo también, pero en su caso le sentó tan mal, que pronto se tuvo que acostar con retortijones insufribles.

Preparó Don Quijote las cosas para irse en busca de aventuras y entonces el dueño de la venta le exigió el dinero.

– ¿Venta, dice usted? ¿No es entonces un castillo?- preguntó extrañado Don Quijote.

– Una venta ha sido y es desde que la abrí. Así que pague lo que me debe.

– Debe saber usted que los caballeros andantes no pagamos en ventas y hospedajes, según las normas de caballería. Y diciendo esto, Don Quijote se alejó en su Rocinante, mientras Sancho, que ya se había incorporado, se subía a lomos de su burro.

El manteo de Sancho Panza

– Entonces pagarás tú- dijo amenazante el dueño de la venta.

– Las mismas normas que para el caballero andante existen para su escudero. Así que no debo pagar nada- respondió Sancho.

Pero entonces llegaron unos cuantos hombres, que al ver que los dos se iban sin pagar, bajaron a Sancho de su burro, buscaron una manta enorme y comenzaron a mantearle lo más alto que podían.

El pobre Sancho gritaba por los aires y Don Quijote volvió en su ayuda, pero no podía entrar en la venta, que estaba cerrada.

Solo cuando se cansaron del manteo, pudo parar al fin Sancho Panza y salir junto a su amo de aquella dichosa venta.

– Vámonos de aquí, señor, que casi se quedan mis huesos enterrados en esta venta.

Y los dos partieron en busca de nuevas hazañas.

Reflexiones sobre este ‘Don Quijote en la venta que él creía castillo’

Este relato recoge los capítulos XVI y XVII de la primera parte del libro de Don Quijote. Se trata de una historia muy divertida que nos lleva a reflexionar acerca de todos estos temas:

Lo que es capaz de hacer la fantasía: se creía Don Quijote que la venta era un castillo, y así, usando su imaginación, comenzó a meterse en líos. Al final terminó con los huesos más molidos. Y es que la fantasía debe ser controlada. En el momento en el que confundimos la realidad, las consecuencias pueden ser terribles.

La caridad: la figura de la mujer asturiana representa la caridad que se apiada de los dos hombres, a pesar de que consideren todos que están ‘un tanto locos’, una caridad que además ofrece ayuda sin pedir nada a cambio. Muy diferente a los personajes del dueño de la venta y del arriero. El primero busca beneficio y el segundo, venganza.

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