Sancho, el cura y el barbero. El Quijote para niños

Estando Don Quijote solo en Sierra Morena, subsistiendo de los frutos que encontraba en el bosque, Sancho Panza se encontró, de camino al Toboso, con dos personajes que conocía muy bien: el cura y el barbero. Descubre qué decidieron tras escuchar la historia del escudero.

TIEMPO DE LECTURA: 6 MINUTOS

El encuentro entre Sancho, el cura y el barbero

Sancho, el cura y el barbero, Don Quijote para niños
‘Sancho, el cura y el barbero’, Don Quijote para niños

Sancho Panza debía llevar una carta de amor escrita por Don Quijote a su amada Dulcinea. Mientras el caballero andante quedó solo en Sierra Morena para cumplir su deseada penitencia, Sancho partió hacia el Toboso. Pero a mitad de camino, pasó por la venta de la que le quedó tan mal recuerdo. La última vez que se hospedó allí, terminó manteado y con todos los huesos doloridos… Pero tenía hambre, así que la duda le corroía por dentro.

Entre que pensaba si pasar o no pasar a la venta, salieron dos personas que reconocieron enseguida al escudero. Eran el cura y el barbero. Es decir, el licenciado Pedro Pérez y el Maese Nicolás.

– ¿No es ese de allá Sancho, señor cura?- preguntó el barbero.

– A fe mía que lo es… el mismo que según dijo el ama de Don Quijote, partió con él, creyéndole caballero andante. Pero, ¡diantres! ¡Va sobre el caballo de su señor! ¿Dónde estará él?

Y ambos se acercaron, dispuestos a desenredar todo ese entuerto.

– ¿No sois vos Sancho Panza?- preguntó el barbero.

– Sí, señor, el mismo que calza y anda.

– ¿Y qué hace sobre Rocinante, el caballo de su amo? ¿Dónde está él?

– Mi señor se quedó haciendo algo importante en un lugar que no puedo mencionar…

– ¿Que no puedes mencionar? ¿No será que mataste a tu señor para quedarte con su caballo? – insinuó entonces el cura.

– No señor, yo no mato, eso lo dejo a los demás y a Dios. Ni mucho menos robo…

Algo indeciso al principio, pero debido a las insistentes preguntas, y para demostrar su inocencia, Sancho Panza les contó que el Quijote se había quedado solo en Sierra Morena en actitud penitente, y de paso les narró todas las aventuras vividas hasta ese momento.

El cura y el barbero no dejaban de asombrarse. Sabían de la locura de Don Quijote, pero aún así, siempre les terminaba sorprendiendo..

– Y ahora debo llevar una carta de amor escrita a Dulcinea del Toboso… es decir, a la hija de Lorenzo Corchuelo… Mi señor está enamorada de ella hasta los higadillos.

– ¿Una carta de amor? Enséñanos la carta.

– No… Es que está escrita en un libro de memorias, y antes debo transcribirla a un papel.

– Yo puedo hacerlo- insistió el cura.

El cura y el barbero… y la mala memoria de Sancho Panza

Sancho Panza, el cura y el barbero, para niños
Sancho Panza, el cura y el barbero

Sancho Panza buscó entonces el librillo. Miró en su faja, bajo el sombrero, en la alforja de Rocinante. ¡No estaba! ¿La habría perdido? Desesperado, comenzó a pegarse tortas por insensato, aunque en realidad nunca se llevó el librillo. Don Quijote olvidó entregárselo.

– ¡Quieto ahí! ¿Por qué te lastimas así?- preguntó estupefacto el barbero.

– Por estúpido, señor. ¿No acabo de perder tres burros?

– ¿Cómo?

– Sí señor… No encuentro el librillo de memorias, y dentro iban la carta a Dulcinea y una cédula firmada por mi señor para que su sobrina me entregara tres pollinos, de los cuatro o cinco que tiene… Perdí a mi rucio en una de esas aventuras que les he contado, y mi señor quería compensarme.

– Si es así, no te apenes. Podemos volver a escribir esa cédula y serás recompensado igualmente- propuso el cura.

– ¿De verdad? Entonces no hay problema, porque la carta de Dulcinea me la sé casi de memoria. También podemos transcribirla…

– ¡Fantástico!- dijo el cura- Decidla pues, y luego la trasladaremos al papel.

Pero en esto que Sancho, tan dispuesto que estaba, comenzó a rascarse la cabeza, a mirar al cielo, luego al suelo, a roerse hasta casi desgastarse un dedo…

– ¡Que no consigo recordarla, señor licenciado!- dijo el escudero algo aturdido- Pero comenzaba algo así como «Sobada y alta señora».

– Dios nos asista- exclamó consternado el cura- ¿No será ‘soberana y alta señora’?

– Sí, eso mismo- dijo Sancho- Y seguía algo así como «el llego y falto de sueño y el herido, besa a vuestra merced las manos, muy desconocida hermosa». Lo que sí recuerdo muy bien es la despedida: «Vuestro hasta la muerte, el Caballero de la Triste Figura».

Tanto el cura como el barbero se miraron algo extrañados. Aún así, pidieron a Sancho que repitiera dos veces más aquella carta para memorizarla y trasladarla después a papel. Tres veces más la recitó Sancho contando tres mil disparates más… Y también les contó que su amo deseaba ser emperador o arzobispo para poder dar un título honorable a su Dulcinea.

El cura y el barbero estaban atónitos y bastante asombrados de cómo un hombre que ya había perdido la cabeza, había conseguido arrastrar en su locura también al bueno de Sancho.

– No le aconsejo a su amo que sea arzobispo- dijo entonces el cura- Mejor emperador, cuyo título puede ser después heredado y es mucho más noble para un caballero andante.

– Cierto- asintió Sancho.

– Lo que debemos hacer, amigo Sancho, es entrar a comer a esta venta, que debes de estar desfallecido- dijo entonces el barbero.

– Entren vuestras mercedes, que a mí no me es oportuno volver a esta venta. Eso sí, si al salir pudieran sacar algo de comida para mí y para rocinante…

El plan del cura y el barbero

Y así hicieron, y al cura además se le ocurrió una idea para sacar a Don Quijote de aquel lugar en donde libraba una absurda penitencia.

– Ya sé lo que debemos hacer- le dijo el cura al barbero- Yo me disfrazaré de doncella y tú de caballero. Iremos hasta donde está Don Quijote y le explicaré que alguien me ofendió. Le pediré ayuda y así me seguirá hasta donde yo le diga. Después ya nos ocuparemos de su extraña locura…

Y los dos, el cura y el barbero, pidieron a los dueños de la venta que les ayudaran a disfrazarse. Al contarles por qué querían hacer aquello, los dos recordaron a Don Quijote, y le contaron lo que había sucedido allí, estando con su escudero. Al fin entendieron por qué Sancho no quería entrar en la venta… Y después de colocarse muy bien el disfraz cada uno, al salir, al cura le entraron dudas:

– No me siento bien vistiéndome de doncella teniendo en cuenta mi condición… Deberíamos intercambiar los disfraces- le dijo al barbero.

En esto que llegó Sancho y al verles de esa guisa, no pudo dejar de reír a carcajadas.

– Está bien- dijo el barbero- Yo seré la doncella. Pero será mejor que nos pongamos las ropas al llegar al lugar, y no antes.

Y así hicieron. Guiados por Sancho, llegaron hasta Sierra Morena. Justo a la entrada de un camino, el escudero vio las ramitas que había dejado para indicar el lugar por dónde debía seguir.

– Aquí es. Estará un poco más adelante. Si queréis, podéis esperar aquí mismo mientras voy a comprobarlo.

Sancho siguió el camino, no sin antes agradecer el consejo del cura referente a que su amo fuera mejor emperador, ya que efectivamente pensó que resulta mucho más lógico ver a un emperador andante que un arzobispo andante. Por su parte, el cura y el barbero comenzaron a vestirse de doncella y caballero, quedando solos en aquel lugar. Ni imaginaban por entonces el extraño encuentro que estaba a punto de suceder…

Qué podemos trabajar con este capítulo de Sancho, el cura y el barbero

Este divertido capítulo del encuentro entre Sancho, el cura y el barbero, nos habla de:

  • La caridad del cura y el barbero: Estos dos personajes son conscientes del mal que afecta a Don Quijote, y lejos de espantarse o rechazarlo, desean ayudar. La empatía les lleva a entender en parte su locura, y por eso están dispuestos a perder el sentido del ridículo y hacer lo que sea necesario por atraer la atención de Don Quijote. El cura y el barbero deciden seguirle la corriente y disfrazarse en personajes que él pueda comprender para llevarle de vuelta a su hogar. Un sacrificio que demuestra la entrega que por bondad muchas veces se hace a los demás.
  • Ante un problema, una solución: Sancho descubre con terror que olvidó la carta de Dulcinea, y sobre todo, la cédula con su premio en ‘pollinos’ (borricos). Pero el problema, que él cree irreparable, tiene solución. El cura y el barbero le explican que pueden transcribir las palabras de esa cédula para que igualmente sea recompensado. Esto tranquiliza al escudero. Sin duda, el estrés nubla el entendimiento y nos imposibilita encontrar una solución ante un problema. El cura y el barbero, desde la serenidad, lo encontraron.

Una última reflexión sobre el texto de Sancho, el cura y el barbero

  • Ingenio y esfuerzo, buenos aliados: Otros de los momentos más frustrantes para Sancho fue el comprobar que había olvidado las palabras de la carta a Dulcinea. Pero, lejos de creerse derrotado, intentó recordarla con algo de esfuerzo. Y aunque no logró el resultado esperado, al menos se sintió más aliviado. Y es que el esfuerzo siempre hace que nos sintamos mejor, aunque no logremos del todo lo que queremos.

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Estefania Esteban
Estefania Esteban
Periodista y escritora de literatura infantil.

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