Un cuento infantil para superar miedos y fobias

Este cuento, ‘Ratonofobia’, está pensado para ayudar a niños que sufren algún tipo de fobia. Puede ser hacia un ratón, como la protagonista de esta historia, o a los insectos (una araña, por ejemplo). Las fobias o esos miedos a los que llamamos fobias, pueden combatirse. ¿Sabes cómo? ¡Enfrentándonos a ellas! No dejes de leer este interesante cuento escrito por el doctor Darío Fernández Delgado.

Un cuento infantil para superar las fobias: Ratonofobia

Ratonofobia, un cuento infantil sobre las fobias
Ratonofobia, un cuento infantil sobre las fobias

Cada vez que Laura que veía un ratón, por muy pequeñito y ratoncillo que fuera, le entraba un miedo terrible. A Laura se la erizaba el pelo, su corazón se aceleraba como una locomotora. Sudaba, chillaba y chillaba.

– ¡Aaaaaaah!

Laura chillaba con solo ver el hociquito de ese diminuto ratoncillo, o su rabito. Y sí… entraba en estado de pánico: se llevaba las manos a su cara, se las apretaba tanto, que dejaba marcado el surco de su dedos y abría y abría sus ojos y su boca y chillaba y gritaba tan fuerte, tan fuerte, que asustaba a su marido y a sus hijos, que acudían siempre, pensando que algo terrible habría ocurrido.

Y siempre, siempre, era lo mismo: que aquel diminuto ratoncillo que malvivía en su casa comiendo restos de comida (unas migajas de queso, un pellejo de chorizo … ), huía despavorido y aterrorizado. Porque no se sabe cómo, pero Laura siempre tenía a mano una escoba, un cepillo que blandía en alto y con los que daba golpes a lo loco en los muebles en los que el ratoncillo con taquicardia, con palidez, con sus suaves pelitos erizados y lleno de miedo, terroríficamente aterrado por los golpes y aulli-chillidos de Laura, se escondía y se hacía más pequeño, más pequeño, cada vez más pequeño, tan diminuto, tan delgadito hasta que podía atravesar ese agujero que le llevaba a su escondite.

Tardaba todavía un buen rato hasta que el despavorido y diminuto ratoncillo lograba tranquilizarse.

Ratonofobia: el valiente ratoncito

Así se repetían los días y los encuentros entre Laura y el ratoncito: salida de éste a buscarse la vida, susto de Laura y mal rato angustioso y angustiante para los dos.

Pero un día el ratoncillo, armándose de valor y viendo y comprendiendo que Laura no estaba loca, decidió hablar con ella. Al fin y al cabo, sabía que Laura no era una miedosa, porque no la daba miedo ni el avión, ni el ascensor, ni cuando la operaron, ni nada de nada, solo cuando le veía a él… ¡que no la podía hacer ningún daño! ¡Y que nunca la atacaba, ni la mordía ni la picaría jamás!, que solo quería un poquito de sus sobras.

Así que ese día el ratoncín se plantó cuando Laura empezó a chillar y a buscar torpemente y a manotazos mientras tiraba cacharros, lámparas y tazas, la escoba.

El ratoncillo respiró hondo, con el abdomen, tragó saliva, contó hasta diez, movió el hocico otras diez veces, y aunque su corazón latía a mil, esperó a que Laura se acercara. Y cuando sus ojos cruzaron sus miradas, el ratoncito, tan diminuto y tan chiquito, levantó sus dos manitas y moviéndolas de arriba hacia abajo, cada vez más lentamente, tragó otra vez saliva y empezó a mover su hociquito y le empezó a decir a Laura eso que el miedo no le dejaba decir, eso que quería decírselo y no podía por su pánico:

Lo que el ratoncito le dijo a Laura

– ¡Eh!, ¡eh!… tú eres grande y yo pequeñín, tú tienes armas yo solo patas para huir, tú gritas y me asustas a mí.. ¿Qué te he hecho yo? No entiendo por qué me tienes miedo, bueno sí, porque piensas que te voy a morder, que me voy a meter entre tu ropa, y porque no te has parado a pensar que solo son pensamientos tuyos. Ninguno de mi familia, atacamos y siempre que os vemos, huímos aterrorizados. ¡Si vieras el miedo que te tengo yo a ti!

A Laura se la fue poniendo cada vez menos roja su cara, su corazón empezó a frenar. Ella también comenzó a respirar con el abdomen, su mano derecha, la que tenía fuertemente agarrada la escoba, tan fuerte que parecía que estaba pegada, se empezó a aflojar.

La escoba cayó al suelo, la taquicardia se desvaneció y entonces, cuando ya el ratoncillo no movía las manos, solo su hocico, entonces Laura cayó en la cuenta de que nunca pasaba nada, de que siempre pasaba lo mismo, de que los dos repetían el mismo papel: ‘susto, chillido- huida y escondida’.

Y Laura cayó en la cuenta de que solo eran pensamientos equivocados, exagerados, que no era una fobia como le había dicho el psicólogo, que era que no se habían puesto a hablar como dos seres civilizados. Ella y su visitante.

El ratoncillo que se puso cómodo, y cuando vio que Laura pudo sentarse y serenarse, bajando su voz y poniéndola un poco ronca, eso sí con esfuerzo, continuó hablando.

Y la ratonofobia se deshizo…

– Piensa bien lo que te he dicho: mañana cuando vuelva a tu casa si veo que no has tapado los huecos donde vivo, es que me das permiso para entrar. Yo me llevo lo que tú no comas y tú no me atacas. Si el hueco está tapado, no te preocupes, yo oleré el yeso húmedo y ni lo intentaré. Entenderé que no me quieres en tu casa y me iré.

Y el ratoncillo, lleno su diminuto tórax de autoestima y empatía, se dio una vuelta entera y lentamente se marchó por su agujero… y todo ufano lo contó a sus amigos que no daban crédito a lo que les decía y que ya, de entrada se extrañaron al ver, cómo esta vez sí, entraba por el agujero, tranquilo, sonriente y hasta con un aire entre sereno y de satisfacción por haber hecho las paces y haber ayudado a una humana cien veces más alta, más grande, cien veces más fuerte, cien veces más peligrosa que él, pequeñito, delgadito, debilito , inofensivo, pacífico y desarmado.

Quedó tan contento, tan satisfecho, que tardó una semana en volver a la casa de Laura y cuando fue no olía a yeso húmedo su agujero.

Laura no le hacía caso cuando le veía, bueno en realidad parece que Laura movía un poco su hocico y él cree que sonreía. Esto no lo sabía con seguridad pero lo que sí sabía es que Laura ya no chillaba, ni le tiraba libros ni le atizaba con la escoba más.

El ratoncillo quedó contento para siempre aunque me ha dicho Alicia la de país de las maravillas, que le ronda la duda de si seguir comiendo basurilla o poner una policlínica especializada en fobias con su amiga la araña, la serpiente y la cucaracha.

Darío Fernández Delgado (Médico de Familia y Psicólogo)

Reflexiones sobre el cuento de Ratonofobia

Utiliza este fantástico cuento del Doctor Darío Fernández Delgado para hablar de los miedos y las fobias con los niños:

A veces las fobias nacen de la imaginación: en realidad, Laura tenía pánico por el ratoncito porque se imaginaba que iba a morderla, pero nunca lo hizo. Solo cuando se paró a escucharle entendió que todo había nacido en su imaginación. Es es como funcionan muchos de los miedos que nos paralizan: nacen de algo que ni siquiera existe, sino que nosotros mismos inventamos o imaginamos.

Enfrentarnos a los miedos, la mejor terapia: la única forma de superar nuestras fobias es enfrentándonos a ellas, con coraje y determinación, intentando razonar. Pregúntate: ¿qué es lo que me da tanto miedo? ¿De verdad existe? ¿Tengo razones lógicas para pensar que es un miedo real? ¿No será que he pensado que puede pasar pero no es cierto y nunca pasó? Razonando se consiguen desmontar muchos miedos, ya que la mayoría son totalmente irracionales.

¿Quién tiene miedo en realidad?: en este cuento llama mucho la atención que es el ratoncito, al que Laura tiene tanto miedo, el que más miedo tiene. Y es que muchas veces tenemos miedo hacia algo que está más asustado que nosotros. En esos casos, la confianza es indispensable para vencer por ambos lados ese miedo.

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