Un cuento corto infantil con valores

‘El pequeño faro rojo y el gran puente gris’ es un precioso cuento de la escritora neoyorquina Hildegarde Swift (1890-1977). Nos habla de autoestima y de amor propio, pero también de amistad y de celos. No te pierdas este hermoso relato y todas sus reflexiones.

Un cuento para niños sobre el amor propio: El pequeño faro rojo

El pequeño faro rojo, cuento corto sobre la autoestima
El pequeño faro rojo y el gran puente gris’, un cuento para niños sobre la autoestima

Había una vez un faro pequeño, gordo y muy rojo. Un faro que se erguía en lo alto de un acantilado frente al río Hudson. Tenía detrás la ciudad de Nueva York, y se sentía enormemente orgulloso ahí arriba. Porque desde allí podía ver a toda la gente que iba y venía en barcos por el río Hudson, un río que siempre miraba al mar. Y los barcos saludaban al pasar por delante del faro:

– Tu, tuuuu… ¿Cómo estás, pequeño faro? – decían los barcos de vapor.

– Buenos díaaaasssssss- saludaba el velero al pasar.

– Chuc, chuc, chuc- decía el remolcador.

Y el pequeño faro no contestaba. Se quedaba ahí muy quieto.

Cada atardecer, le visitaba un hombre. Abría la pequeña puerta roja con una llave, subía la empinada escalera de caracol y encendía el gas, que llegaba desde cinco grandes tanques que había abajo. Entonces, apartaba la funda blanca que le obligaba a dormir por las mañanas y al fin, empezaba a hablar sin parar:

– ¡Flash, flash, flash!- una luz roja cegadora durante un segundo y dos segundos en tinieblas. – ¡Cuidado, peligro, aléjate!- decía el pequeño faro rojo- ¡Flash, flash, flash!

El pequeño faro rojo y el gran puente gris

El faro rojo estaba muy orgulloso de su trabajo. Los barcos también. Gracias a él, navegaban sin riesgo hasta el canal. Y en los días de niebla, el hombre apretaba un engranaje que hacía sonar una campana.

– Flas, flash, flash… tuuuuuuuu…. ¡cuidado, cuidado!- decía entonces el faro rojo con dos voces a la vez.

El faro rojo estaba cada vez más orgulloso de su trabajo.

– ¿Qué harían los barcos de este río sin mí?- pensaba con frecuencia.

Pero un día, unos hombres llegaron a su lado, comenzaron a cavar y a cavar y entonces trajeron enormes vigas de hierro. Y desde unos barco, unos finos cables de metal. Estuvieron trabajando varios días, y al terminar, aquellos hombres bailaron de contentos:

– ¡Tenemos la primera torre! ‘Ya nos queda menos!- decían entre abrazos.

El faro no sabía qué querían decir. Cada día seguía con su trabajo:

– Flash, flash, flash… tutuuuuuuu

Y veía a los hombres con su incansable trabajo. Una torre, y otra, y otra más. Enormes torres de metal que iban cruzando el inmenso río.

– ¿Qué estarán haciendo?- se preguntaba el faro rojo.

Los hombres fueron uniendo las torres con cemento. ¡Era un puente! ¡Un enorme puente gris atravesaba de parte a parte el río Hudson!

Los celos del faro rojo

En el extremo de aquel puente más próximo al faro, muy alto, salía una potente luz por las noches, que decía:

– Flash, flash, flash.

El faro se sintió entonces pequeño, muy pequeño.

– Ya no me necesitan- pensó con tristeza- Se desharán de mí, me derribarán… ¿Para qué me quieren teniendo este puente con esa luz tan potente?

Y efectivamente, esa tarde, el hombre del faro no llegó a su hora. Anocheció y se levantó una espesa capa de niebla sobre el río. Entonces llegó el remolcador:

– Chuc, chuc, chuc…

Buscaba la luz roja, y no la veía. Buscaba la luz del puente. Y no la veía.

– ¡Rápido!- de dijo al faro la luz del puente- ¡Enciende tu luz! ¡El remolcador se va a chocar!

– ¿Y tu luz? ¡Pensé que ya no me necesitaban!

– ¡Yo solo estoy para avisar a los aviones, a los barcos del aire! ¡Tú sigues siendo el rey del río! ¡Ilumínate!

– No puedo- dijo con tristeza el faro- Tiene que hacerlo el hombre. Y no ha venido.

Entonces, el remolcador encalló en las rocas y se rompió su casco. En ese momento llegó el hombre, muy apurado, subiendo de dos en dos los peldaños de la escalera de caracol.

– ¡Malditos niños!- decía entre dientes- ¡Me robaron las llaves!

Y encendió deprisa la luza del faro.

– ¡Flash, flash, flas. Un segundo de luz y dos de oscuridad. Tuuuuuuuu. ¡Cuidado, peligro!

El pequeño faro comenzó a hablar. De nuevo, como cada día. Se sentía de nuevo muy orgulloso, aunque algo pequeño al lado del puente gris. Resulta que ambos eran importantes. Los dos igual de importantes. Desde entonces, el faro y el puente son muy amigos, y los barcos les saludan a los dos al pasar cerca de ellos.

Qué valores puedes trabajar con el cuento El pequeño faro rojo

Con este precioso cuento corto de Hildegarde Swift, podrás trabajar todos estos temas:

La autoestima y amor propio.

– El valor de la humildad frente a la vanidad.

La amistad frente a los celos.

– El sentimiento de tristeza.

Reflexiones sobre este precioso cuento para niños

Debemos saber que todos somos importantes, y nadie podrá hacernos sentir inferiores. Cada cual es único:

Ni más ni menos que nadie: al principio el faro rojo era único en aquel lugar. Al no tener a nadie cerca que pudiera complementar su trabajo, se sentía tan importante que su vanidad fue aumentando hasta pensar que el río no podía vivir sin él. Pero nadie es el amo del mundo ni tampoco menos que otros.

Cada cual tiene su función y por supuesto, es importante, pero no más que otros. El faro se dio cuenta de que no era el amo de aquel lugar en cuanto construyeron el puente. La luz del puente le hizo pensar que su trabajo ya no tenía sentido. Otro gran error. Nadie es más ni menos. Todos tienen un importantísimo trabajo y un importante lugar en el mundo.

Más reflexiones sobre el cuento del pequeño faro rojo

Cada cual es único: el puente consiguió hacer ver al faro rojo que él seguía siendo importante. La luz del puente tenía otra misión. No estaba allí para iluminar a los barcos, sino a los aviones. El faro se había dejado llevar por la tristeza y ésta a veces nos lleva a pensar cosas equivocadas. Eso, unido a la mala fortuna de que aquel día de niebla el hombre del faro llegó tarde, le había hecho creer que ya no contaban con él.

Muchas veces nos sucede lo mismo, que en determinadas circunstancias sucede algo de forma fortuita que nos hace pensar cosas equivocadas. Nuestro orgullo, unido a la tristeza o frustración, nos llevan a imaginar, a pensar, a creer algo que no es cierto. Debemos intentar mantener la calma en momentos así. Y tender al pensamiento positivo. En lugar de pensar en plan derrotista, ¿por qué no imaginamos que habrá sucedido algo puntual pero que en realidad todo sigue como antes?

Los celos y la tristeza del faro: el faro vio crecer al puente y en principio le vio como un enemigo que iba a robarle su trabajo y su importancia. Comenzó a sentir celos, luego frustración, para terminar en tristeza. Pero en realidad, el puente quería ser su amigo, no su enemigo, y ambos podían funcionar juntos. Cada cual tenía su función y eran complementarios. Al final, el faro y el puente consiguieron ser amigos y ya se sabe que en la amistad no hay lugar para los celos.

Otros preciosos cuentos para niños sobre la autoestima

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