De entre las muchas aventuras que vivió el caballero andante Don Quijote de la Mancha, ‘El yelmo de Mambrino’ es una historia realmente divertida, que muestra una vez más la ensoñación y utopía de un hombre cuyos sueños le llevaban a transformar la realidad a su antojo. No dejes de leer esta divertida adaptación de este capítulo de Don Quijote para niños.

La divertida aventura de Don Quijote El yelmo de Mambrino

El yelmo de Mambrino, Don Quijote de la Mancha para niños
‘Don Quijote y el yelmo de Mambrino’, ilustración transformada a partir de la de Manuel m.v

Tras la terrible aventura de los batanes, que dejó a Don Quijote avergonzado ante Sancho por la humillación recibida, no quiso el caballero quedarse por más tiempo en los molinos, a pesar de que llovía, y siguieron caballero y escudero su rumbo a orillas del río. Poco habían recorrido cuando vio a lo lejos Don Quijote un hombre encima de un caballo. Llevaba esta silueta sobre la cabeza algo que brillaba con mucha intensidad.

– ¡Pardiez, Sancho! ¡Un yelmo de Mambrino! Juré que conseguiría uno para reponer mi celada y proteger con honor la cabeza.

– Mire usted bien lo que dice y lo que hace, señor, no sea que terminemos otra vez ‘abatanados’- dijo Sancho, refiriéndose a lo que acababa de ocurrir en los molinos de los batanes.

– ¿Qué tendrá que ver esto con los batanes? ¿Acaso no ves lo que te digo? Un hombre sobre un esbelto caballo dorado que lleva sobre la cabeza un hermoso yelmo de oro.

– A buena fe, señor, que yo lo que veo es un pobre hombre sobre un manso burro como el mío. Y sí, lleva en la cabeza algo que reluce, pero me jugaría lo que fuera a que no se trata de ningún objeto de oro.

– Es un yelmo de Mambrino, Sancho. Déjame que en nada será mío.

El caso es que lo que Don Quijote veía como caballero con un codiciado yelmo de Mambrino de oro en la cabeza, no era más que un barbero que iba de un pueblo a otro con su bacía sobre la cabeza, esa palangana que usaban los barberos para que el cliente apoyara el cuello. Y él viajaba sobre su burro con su bacía de latón en la cabeza. Se la había puesto sobre el sombrero para que no se mojara con la lluvia. 

El barbero sale huyendo

Don Quijote no se lo pensó dos veces: lanza en ristre, ordenó a Rocinante a galopar a toda velocidad, y hubiera atravesado con su lanza de parte a parte al pobre barbero si éste no se llega a tirar al barro al ver al extraño caballero llegar hasta donde estaba. Tal miedo tenía en el cuerpo el pobre hombre, que salió corriendo, dejando atrás al burro y la bacía, que había quedado tirada en el suelo.

– ¡Ya tengo lo que quería!- dijo Don Quijote sosteniendo en lo más alto la palangana de latón.

Pero intentó colocársela en la cabeza, y vio que le quedaba algo grande.

– ¡Seguro que se hizo a medida esta celada, Sancho. Menuda cabeza debía tener el caballero…!

Sancho no pudo evitar reír con todas sus ganas al escuchar que su amo llamaba celada al instrumento del barbero.

– ¿De qué te ríes, Sancho?

– Nada, nada, amo… Imaginaba el tamaño de la cabeza del hombre… para colocarse esto que a mí me parece la bacía de un barbero.

– ¿Sabes lo que pienso yo, Sancho? Que esta maravillosa pieza debió caer en manos de quien no sabía apreciarla, y pensando que podría sacar más partido del oro del que está hecha, fundió un trozo, y por eso parece partida y con esta forma similar a una bacía de barbero, como bien dices… Pero me servirá en las batallas o al menos para evitar alguna pedrada.

– Bien, ¿Y qué hacemos con este caballo dorado que parece un asno pardo?- preguntó con sorna Sancho.

– No es menester del caballero despojar al vencido de sus pertenencias, mucho menos robarle el caballo si no ha perdido el caballero el suyo. Deja el caballo o burro como dices, o lo que sea, que ya volverá su amo a recogerlo.

Fantaseando sobre el futuro

– ¿Y de trueques dice algo el libro de caballerías? Porque vuestra merced entenderá que sería bueno cambiar mi asno por este, que parece más fuerte y lustroso.

– Pues de trueques nada sé, Sancho, así que si es menester tuyo y lo crees necesario, cambia tu jumento por este otro.

Y así hizo el escudero, que decidió dejar su burro en aquel lugar y llevarse a cambio el burro pardo. Siguieron su camino después de esta breve aventura, y aprovechó Sancho para decirle a su amo:

– Me pregunto si no sería mejor ofrecer nuestros servicios a un gran emperador o rey en lugar de buscar por nosotros mismos nuestro destino…

– Sí sería bueno, Sancho, pero antes debemos buscar nuestras propias aventuras, para hacernos con un nombre y cierta reputación. Así, cuando lleguemos a un reino a ofrecer nuestros servicios, la gente irá pregonando nuestro nombre y hablando de nuestros logros y batallas vencidas.

– Y lo harán, señor, llamándose usted el ‘Caballero de la triste figura’.

Fantaseaban Sancho y su amo sobre el futuro que les esperaba en algún castillo.

– Es más, Sancho, te diré que en esta vida hay dos tipos de linajes: los que proceden de nobles y heredan el título y los bienes, que a poco a poco se terminan deshaciendo, y los que al principio eran gente baja y que poco a poco fueron subiendo hasta convertirse en grandes señores. La diferencia está en esos que fueron y ya no son y aquellos que no fueron pero son. Y podría ser yo de esta segunda categoría, que aún siendo hijo de un aguador, el rey me viera como un gran señor y noble.

– No se fíe vuestra merced de terceros, pues ya lo dice el refrán: ‘Más vale salto de mata que ruego de hombres buenos’. Aunque siendo vuestra merced rey si consiguiera casarse con una infanta, podría nombrarme a mí conde…

– Siendo yo rey, bien puedo darte nobleza, aunque no me sirvas ya. Y desde luego, te han de llamar señoría. Pero deberás arreglarte esa barba espesa y descuidada con frecuencia…

– Para eso llevaré conmigo mi propio barbero.

– Así será- respondió Don Quijote, mientras seguían cabalgando al tiempo que soñaban despiertos.

© Adaptación escrita por Estefanía Esteban

Reflexiones sobre la aventura ‘El yelmo de Mambrino’

Estamos ante una de las pocas aventuras que dejan a Don Quijote buen sabor de boca, ya que consigue lo que tanto deseaba aunque no sea lo que él piensa:

A veces se consigue conquistar un sueño: Para Don Quijote cambiar su celada por un yelmo de Mambrino era un sueño, un deseo que perseguía desde hacía mucho tiempo. Y aunque no fuera realmente el yelmo que buscaba, para él era suficiente y servía como tal. Un sueño conquistado que despertó su ilusión por seguir sus aventuras como caballero andante.

El poder de los deseos: A veces, cuando deseamos algo con tantas fuerzas, la ilusión es capaz de deformar la realidad hasta tal punto de hacernos ver aquello que queremos ver, aunque no lo sea. Y por más que Sancho insistía en que aquel yelmo era en verdad el instrumento de un barbero, Don Quijote estaba convencido de que era el yelmo que buscaba. Sancho no insistió, al ver tan feliz a su amo.

No hay mal que por bien no venga: Don Quijote estaba equivocado, y el yelmo era una bacía de barbero, pero esa pequeña aventura a Sancho le vino muy bien, ya que pudo cambiar su viejo burro por un asno mucho más fuerte.

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Estefania Esteban
Estefania Esteban
Periodista y escritora de literatura infantil.

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