Fábula corta con valores para niños y mayores

Con esta fábula corta china de Lü Buwei, podemos reflexionar sobre el necesario aprendizaje en la vida. ‘El hijo del nadador’ nos recuerda que hay cosas que solo se consiguen con el esfuerzo y la perseverancia. Nadie nace con conocimientos. Estos se adquieren a lo largo de la vida.

Una fábula china sobre el aprendizaje: El hijo del nadador

Una fábula china sobre el aprendizaje: El hijo del nadador
‘El hijo del nadador’, una fábula china sobre el aprendizaje

Caminaba un hombre por un bosque cuando de pronto escuchó el llanto desesperado de un niño pequeño.

Por curiosidad, buscó su origen. Y al llegar al río, vio a un hombre de mediana edad que intentaba lanzar al agua al niño.

– ¿Por qué haces eso?- preguntó entonces el hombre que descubrió la escena- ¿No ves que el niño está aterrorizado?

– Eso es porque no sabe que su padre es un excelente nadador- respondió el otro.

Moraleja: «En la vida no se nace sabiendo. Todo precisa un aprendizaje»

Qué valores puedes trabajar con la fábula ‘El hijo del nadador’

Utiliza esta fábula corta china para hablar de todo esto:

– La necesidad de aprender en la vida todas las materias para llegar a dominarlas.

– Todo lo que conlleva el aprendizaje: el esfuerzo, la perseverancia.

– El miedo a lo desconocido.

La prudencia.

Reflexiones sobre esta fábula corta para niños y mayores

Todo en la vida precisa de un aprendizaje previo. Nadie nace sabiendo:

Hay cosas que no se ‘heredan’: creía el hombre que intentaba arrojar al niño al agua que el pequeño sería un buen nadador porque su padre lo era. Pero hay cosas con las que no se nace ni se heredan. Entre ellas, todo aquello que requiere un aprendizaje. Desde luego, nadie nace sabiendo, ni siquiera el hijo de un maravilloso nadador, y es algo que el propio niño, a pesar de su corta edad, sabía.

Todo aprendizaje precisa de un tiempo: tampoco podemos esperar aprender a hacer algo en un instante. Aprender una materia determinada requiere de un tiempo, de esfuerzo y de perseverancia. Por mucho que el hombre echara al gua al niño, ninguna de esas veces conseguiría nadar. Como mucho, intentaría dar manotazos en el agua en un intento desesperado de supervivencia. Pero no podría nadar. Y mucho menos como su padre. Para conseguir esa perfección, antes tendría que aprender y practicar mucho. La experiencia en este caso, sí es un grado importante.

Ese miedo que nos protege: el niño lloraba de miedo, pero no era un miedo malo, sino un miedo protector. Él sabía que aquello podía terminar mal, porque el agua era un gran desconocido para él y además no sabía nadar. Ese instinto que nos dice: ‘cuidado, peligro!’ es el que genera ese miedo que en el caso del niño, derivó en llanto. Haz caso de ese sentido de la prudencia que nos intenta alertar de un peligro inminente. Por supuesto, siempre sentiremos ese miedo ante lo desconocido.

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